La tiroiditis de Hashimoto representa una de las patologías autoinmunes más emblemáticas, donde el sistema inmunitario, por razones aún no del todo esclarecidas, deja de reconocer como propias las células de la tiroides y comienza a destruirlas progresivamente. En este complejo escenario predominan los linfocitos T, células del sistema inmunitario que, en condiciones normales, regulan y coordinan las defensas del organismo. Cuando este equilibrio se altera, las mismas células encargadas de la protección se convierten en causa de daño.
En la tiroiditis de Hashimoto, los protagonistas de este desequilibrio son principalmente dos subtipos de linfocitos T: los Th17 y los Treg. Las células Th17 pueden imaginarse como “soldados impulsivos”, especializados en promover la inflamación mediante la secreción de interleucina-17 (IL-17). Las células Treg, en cambio, representan el “cuerpo diplomático” del sistema inmunitario: mantienen la tolerancia hacia los tejidos propios y limitan las respuestas excesivas. Cuando los Th17 toman el control y las Treg pierden su capacidad de regulación, se crea un terreno fértil para la autoinmunidad tiroidea, una especie de guerra civil celular que conduce a la destrucción de los tirocitos (células de la tiroides que producen las hormonas tiroideas).
Diversos estudios han descrito de manera coherente esta dinámica: algunos investigadores han demostrado que en los pacientes con tiroiditis de Hashimoto las células Treg resultan significativamente reducidas, mientras que las Th17 aumentan de forma proporcional a la gravedad de la enfermedad (Xue et al., 2015) [1]. Este desequilibrio está estrechamente relacionado con los niveles de los autoanticuerpos anti-TPO y anti-Tg, marcadores de la actividad autoinmune. En otras palabras, cuanto más disminuyen los “pacificadores” inmunitarios, más aumentan la inflamación y el daño.
El mecanismo molecular de este desequilibrio es complejo. Algunos estudios han puesto de manifiesto cómo en los pacientes con Hashimoto está alterada la expresión de los factores de transcripción que controlan la diferenciación de los linfocitos T. FOXP3, regulador clave de las Treg, resulta reducido, mientras que los genes asociados a las células efectoras están sobreexpresados. Este desplazamiento del centro de gravedad genético confirma la pérdida de la tolerancia y la expansión de las respuestas inflamatorias (Safdari et al., 2017) [2].
La relación Th17/Treg, por tanto, puede considerarse un indicador del estado inmunológico de la tiroides. Según algunos estudios, se ha observado que en los sujetos con Hashimoto dicha relación está fuertemente alterada incluso en la sangre periférica, acompañada de una alteración del sistema de puntos de control inmunitario (“freno” natural que controla la activación del sistema inmunitario), normalmente encargado de frenar la actividad de los linfocitos T (Fang et al., 2022) [3].
El aspecto más interesante surgido en los últimos años es la plasticidad de estas células: las Th17, en presencia de señales ambientales adecuadas (citoquinas como TGF-β o IL-10), pueden “reprogramarse” y adquirir rasgos reguladores, demostrando que la línea divisoria entre inflamación y tolerancia es sutil y dinámica (González-Amaro y Marazuela, 2016) [4].
Junto a estos mecanismos biológicos, algunos estudios experimentales han puesto de relieve la posibilidad de modular el desequilibrio Th17/Treg mediante intervenciones externas. En modelos animales, la suplementación con selenio ha mostrado la capacidad de reducir la producción de citoquinas inflamatorias y de favorecer la diferenciación de las Treg, mejorando la estructura y la función tiroidea (Wang et al., 2023) [5].
De manera similar, en un modelo animal de tiroiditis autoinmune, el tratamiento con gránulos de Jiayan Kangtai (JYKT, formulación de la medicina tradicional china compuesta por una combinación de nueve hierbas medicinales) reducía el daño tiroideo y la infiltración linfocitaria. El tratamiento determinaba además una disminución de las células Th17 y un aumento de las células T reguladoras (Treg), con la consiguiente reducción de la relación Th17/Treg. A las dosis más elevadas disminuían significativamente también los autoanticuerpos tiroideos. Los resultados indican que el efecto protector de JYKT está asociado al restablecimiento del equilibrio inmunológico entre células Th17 proinflamatorias y Treg reguladoras (Hou et al., 2018) [6].
También sobre una base genética, las células Treg se confirman como elementos protectores. Un reciente análisis de aleatorización mendeliana (método genético utilizado para obtener indicios sobre la posible relación causa-efecto entre un factor y una enfermedad) ha demostrado que firmas genéticas específicas asociadas a las Treg reducen significativamente el riesgo de desarrollar tiroiditis de Hashimoto, confirmando su papel causal en la prevención de la autoinmunidad (Guo et al., 2024) [7].
En resumen, la tiroiditis de Hashimoto puede interpretarse como una ruptura de la armonía inmunológica entre fuerzas proinflamatorias y reguladoras: las células Th17 encienden la mecha de la inflamación, las Treg intentan apagarla, pero cuando estas últimas fallan, por motivos ambientales o metabólicos, el sistema inmunitario termina por volver sus armas contra sí mismo. Restablecer este equilibrio, a través de la modulación genética, nutricional o farmacológica, representa hoy una de las fronteras más prometedoras para comprender y tratar la tiroiditis de Hashimoto.