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Magnesio y funcionamiento de las reacciones metabólicas

El magnesio es un mineral esencial que interviene en cientos de reacciones enzimáticas, fundamentales para la producción de energía, la transmisión nerviosa y la contracción muscular. Además, participa en el metabolismo de la glucosa, la regulación de la presión arterial y los procesos necesarios para la activación de la vitamina D. En el libro «La scelta di Vivere in Salute o in Malattia» (La elección de vivir con salud o con enfermedad), el Dr. A. Colonnese y R. Panzironi profundizan en el papel del magnesio en la salud metabólica y en las evidencias científicas relacionadas con los estados de carencia y la suplementación.

Citar este artículo
Colonnese, A. & Panzironi, R. (2026). Magnesio y funcionamiento de las reacciones metabólicas. La elección de vivir en salud o en enfermedad. https://lifesciencehub.info/es/la-scelta-di-vivere-in-salute-o-in-malattia/magnesio-y-funcionamiento-de-las-reacciones-metabolicas
La elección de vivir en salud o en enfermedad · ISBN 979-12-82692-05-2

DOI lsh.es.libro.29

  • Publicación 05/11/2026
  • Actualización 05/11/2026
  • MAGNESIO
  • INSULINORRESISTENCIA
  • HOMA-IR
  • AMPK
  • MTOR
Dos paneles transparentes representan membranas celulares, receptores, flechas de activación e inhibición y las fases de la autofagia.
Esquema del papel del Mg²⁺ en la homeostasis metabólica: la señalización insulínica procede a través de INSR, IRS-1/2, PI3K, AKT y AS160 hasta GLUT4 y la glucosa; en paralelo, el eje AMPK–TSC1/TSC2–mTORC1/2 conecta el magnesio con la síntesis proteica, el crecimiento celular, el autofagosoma, el lisosoma y el reciclaje celular.

ABSTRACT

El magnesio participa en reacciones enzimáticas involucradas en la producción de energía, la transmisión nerviosa, la función muscular y la regulación cardiovascular. En el libro "La scelta di Vivere in Salute o in Malattia", el Dr. A. Colonnese y R. Panzironi examinan su papel en la homeostasis metabólica, considerando también su contribución a los procesos de activación de la vitamina D. Esta integración funcional pone de relieve cómo la disponibilidad del mineral puede influir en sistemas biológicos diferentes e interdependientes.

En la regulación glucídica, el magnesio interviene en la actividad del receptor de insulina y en la transmisión de las señales intracelulares necesarias para la utilización de la glucosa. Una disponibilidad insuficiente puede comprometer la sensibilidad a la insulina, mientras que las alteraciones metabólicas pueden ir acompañadas de pérdidas adicionales del mineral. Los estudios experimentales indican una posible modulación del equilibrio entre AMPK, involucrada en la adaptación energética, y mTOR, asociada al crecimiento celular. En determinadas condiciones, esta regulación favorece la autofagia, un proceso de reciclaje de componentes dañados, con implicaciones observadas en el tejido óseo y en el metabolismo lipídico hepático.

Los metaanálisis y los estudios clínicos aleatorizados reportan mejoras en el HOMA-IR y en algunos parámetros glucémicos tras la suplementación, especialmente en presencia de prediabetes, diabetes o carencia. También se han documentado reducciones moderadas de la presión arterial, particularmente en sujetos hipertensos o con una disponibilidad reducida del mineral. Otros estudios sugieren efectos en la recuperación muscular, los síntomas ansiosos y depresivos, el sueño y el rendimiento cognitivo en poblaciones seleccionadas. Las asociaciones epidemiológicas entre una mayor ingesta alimentaria y un menor riesgo de aterosclerosis, ictus, diabetes tipo 2 y mortalidad cardiovascular no demuestran causalidad. En los modelos tumorales, los efectos de la autofagia no constituyen pruebas de eficacia clínica antitumoral.

En conjunto, el magnesio contribuye a la coordinación entre el metabolismo energético, la señalización insulínica y el mantenimiento celular. Una alimentación equilibrada representa la referencia para garantizar su aporte, mientras que la suplementación requiere una evaluación individual de las carencias y de las condiciones clínicas. Siguen siendo necesarios estudios que distingan los efectos de la corrección nutricional de las potencialidades terapéuticas sugeridas por los modelos experimentales.

Sus propiedades y la suplementación

El magnesio es uno de esos minerales que, aunque casi nunca ocupa el centro de la escena, trabaja continuamente entre bastidores. Podríamos imaginarlo como un técnico silencioso que permite que muchos sistemas del organismo funcionen con orden: participa en la producción de energía, sostiene la contracción y la relajación muscular, contribuye a la transmisión de las señales nerviosas, interviene en la regulación de la presión arterial, dialoga con el metabolismo de la vitamina D e influye en algunos aspectos del sueño, del estado de ánimo y de la función cognitiva. No actúa como una sustancia “estimulante” en el sentido común del término, sino como un regulador: ayuda a las células a trabajar con mayor estabilidad, evitando que algunos procesos se vuelvan excesivos, desordenados o ineficientes.

Desde el punto de vista fisiológico, el magnesio es uno de los minerales más representados en el organismo humano y una parte considerable de sus reservas se encuentra en el hueso, mientras que solo una cuota mínima circula en la sangre. Este aspecto es importante porque un valor sérico aparentemente normal no siempre refleja con precisión el estado general del magnesio corporal. Es como observar el agua presente en un pequeño grifo y pensar que, por esa sola medida, se conoce la cantidad contenida en todo el depósito. Precisamente por esta distribución predominantemente intracelular y ósea, la evaluación clínica del magnesio puede ser más compleja de lo que parece. Su importancia deriva también del hecho de que participa en cientos de reacciones enzimáticas, muchas de las cuales están relacionadas con la producción de ATP, la función neuromuscular, el metabolismo glucídico, la actividad cerebral y la regulación cardiovascular (Tarsitano et al., 2024) [1]; (Argeros et al., 2025) [2]; (Lopresti e Smith, 2026) [3].

Cuando se habla de suplementación con magnesio, el primer error que hay que evitar es considerarla una estrategia universal, válida por igual para todos. Las evidencias disponibles sugieren, en cambio, un panorama más refinado: el magnesio parece ofrecer mayores beneficios cuando existe una mayor necesidad, una carencia, una condición metabólica específica o un sistema fisiológico ya sometido a estrés. Esto emerge con claridad en los estudios sobre la presión arterial. En un metaanálisis de 38 estudios clínicos aleatorizados, que comprendió a 2709 participantes, la suplementación oral de magnesio, con una dosis mediana de 365 mg al día durante una duración mediana de 12 semanas, redujo de forma significativa tanto la presión sistólica como la diastólica en comparación con el placebo. El efecto medio en la población general resultó moderado, pero se volvió más evidente en los sujetos hipertensos en terapia farmacológica y en los participantes con hipomagnesemia. En los sujetos normotensos, en cambio, no se observaron reducciones estadísticamente significativas, lo que confirma la idea de que el magnesio no “baja la presión” de forma indiscriminada, sino que tiende más bien a corregir un desequilibrio cuando este está presente (Argeros et al., 2025) [2].

Esta observación es muy útil para comprender el papel biológico del magnesio. El mineral no se comporta como un fármaco antihipertensivo clásico, sino como un modulador del terreno metabólico y vascular. Cuando las reservas son insuficientes, pueden aumentar la actividad simpática (la acción del sistema nervioso que prepara al organismo para reaccionar ante el estrés o el peligro), las resistencias vasculares periféricas, el estrés oxidativo y los procesos inflamatorios; además, pueden alterarse los equilibrios entre sodio y potasio, fundamentales para el correcto funcionamiento de las células musculares y vasculares. En este contexto, restablecer una disponibilidad adecuada de magnesio puede ayudar a los vasos a recuperar una mejor capacidad de relajación, un poco como si se devolviera elasticidad a un tubo rígido por una tensión excesiva. Sin embargo, el metaanálisis no identificó una relación clara dosis-respuesta, lo que sugiere que aumentar simplemente la dosis no garantiza automáticamente un mayor beneficio. Probablemente cuenta más el perfil de la persona, el estado inicial del magnesio, la presencia de hipertensión, el posible uso de fármacos y la biodisponibilidad de la formulación utilizada (Argeros et al., 2025) [2].

El vínculo entre el magnesio y la salud cardiometabólica se vuelve aún más interesante cuando se observa su interacción con la vitamina D. La vitamina D, de hecho, no es solo una vitamina introducida o producida con la exposición solar: para ser biológicamente útil debe ser transformada a través de pasos metabólicos que involucran al hígado y al riñón. El magnesio participa como cofactor en las enzimas responsables de estas conversiones y contribuye también al funcionamiento de la proteína que transporta la vitamina D en la sangre. En un estudio aleatorizado, controlado con placebo y doble ciego realizado en 95 sujetos con sobrepeso u obesidad, la combinación de magnesio y vitamina D determinó un aumento mayor de las concentraciones séricas de 25-hidroxivitamina D en comparación con la vitamina D sola. Este resultado sugiere que, en algunas personas, suplementar vitamina D sin considerar el estado del magnesio puede ser como poner combustible en un motor que, sin embargo, no dispone de todos los engranajes necesarios para utilizarlo de la mejor manera (Cheung et al., 2022) [4].

Otro ámbito en el que el magnesio muestra un papel concreto es el de la actividad física y la recuperación muscular. Durante ejercicios intensos o prolongados, el músculo consume energía, produce metabolitos, modifica el equilibrio de los electrolitos y puede sufrir microdaños fisiológicos. En este escenario, el magnesio participa en la producción de ATP, en la regulación del calcio intracelular y en la función neuromuscular. Una revisión sistemática dedicada a los individuos físicamente activos recopiló cuatro estudios con un total de 73 participantes, incluyendo practicantes de entrenamiento de resistencia, corredores de larga distancia, jugadores de baloncesto de élite y ciclistas profesionales. Las evidencias indicaron que la suplementación con magnesio puede reducir el dolor muscular post-ejercicio, mejorar la percepción de la recuperación y contribuir a una mejor gestión del estrés metabólico inducido por la actividad física (Tarsitano et al., 2024) [1].

El dato se vuelve fisiológicamente plausible si se considera que, durante el ejercicio intenso, una reducción de las reservas de magnesio puede comprometer la producción energética y favorecer una mayor acumulación de lactato. El lactato no debe interpretarse simplemente como una sustancia “mala”, porque representa también un importante intermediario metabólico; sin embargo, cuando la gestión energética se vuelve menos eficiente, la acumulación de metabolitos y el estrés local pueden contribuir a la sensación de dolor y fatiga. En términos sencillos, el magnesio parece ayudar al músculo no solo a contraerse, sino también a recuperarse después del esfuerzo, limitando parte de las señales bioquímicas que indican sufrimiento o daño tisular (Tarsitano et al., 2024) [1].

El sistema nervioso representa otro territorio en el que el magnesio ejerce funciones profundas. A nivel neuronal, contribuye a la transmisión de las señales, a la regulación de la excitabilidad, a la modulación del receptor NMDA (una proteína presente en la membrana de las neuronas que, activada por el glutamato, permite la entrada de calcio en la célula) y al equilibrio del calcio intracelular. Cuando estos mecanismos pierden estabilidad, la neurona puede volverse más vulnerable a una estimulación excesiva, como un circuito eléctrico atravesado por una corriente demasiado intensa. En un estudio clínico aleatorizado cruzado realizado en adultos con depresión leve-moderada, la suplementación diaria con 248 mg de magnesio elemental en forma de cloruro de magnesio durante seis semanas produjo una reducción clínicamente significativa de los síntomas depresivos y ansiosos (Tarleton et al., 2017) [5].

Este estudio es particularmente interesante porque sugiere un efecto rápido, bien tolerado y potencialmente útil también en la práctica clínica real. La eficacia resultó independiente de la edad, el sexo, la gravedad inicial de la depresión, los niveles basales de magnesio y el uso concomitante de antidepresivos. Desde el punto de vista biológico, el magnesio podría contribuir a la regulación del estado de ánimo a través de varias vías: limitando la hiperactivación glutamatérgica, modulando la entrada de calcio en las neuronas, reduciendo procesos inflamatorios de bajo grado e influyendo en el eje neuroendocrino (Tarleton et al., 2017) [5].

La relación entre el magnesio y el sistema nervioso emerge también en los estudios sobre el sueño. El sueño no es un simple apagado del organismo, sino un proceso activo regulado por señales nerviosas, hormonales y metabólicas. En pacientes con diabetes mellitus e insomnio, un estudio clínico aleatorizado controlado evaluó los efectos de la suplementación con magnesio, potasio y su combinación. Después de dos meses, los grupos tratados con magnesio, potasio y, sobre todo, con la combinación de ambos minerales mostraron una reducción de la gravedad del insomnio, acompañada de una disminución del cortisol sérico y un aumento de la melatonina; en los pacientes diabéticos, este aspecto adquiere un significado particular, porque la diabetes se asocia a menudo a alteraciones metabólicas, inflamación crónica y disregulación endocrina, todos factores que pueden interferir con el sueño. El estudio refuerza la hipótesis de que el magnesio puede tener un papel complementario en la gestión del insomnio asociado a condiciones metabólicas (Khalid et al., 2024) [6].

En un estudio aleatorizado, controlado con placebo y doble ciego, 100 adultos de entre 18 y 45 años con un sueño percibido como insatisfactorio tomaron durante seis semanas 2 gramos al día de Magtein®, equivalentes a 145 mg de magnesio elemental, o placebo. El grupo tratado mostró una mejora significativamente mayor en la puntuación cognitiva compuesta NIH, la memoria de trabajo y el tiempo de reacción visomotor. El análisis de las puntuaciones cognitivas sugirió una reducción de la edad cognitiva estimada de unos 7,5 años en comparación con el placebo, un dato sugestivo que debe interpretarse como un indicador funcional de las pruebas utilizadas y no como un real rejuvenecimiento biológico del cerebro (Lopresti e Smith, 2026) [3].

En su conjunto, estas evidencias delinean una imagen del magnesio muy diferente a la de un simple suplemento “para los calambres”. El magnesio aparece más bien como un regulador transversal, capaz de intervenir en sistemas diferentes pero conectados entre sí: músculo, cerebro, vasos sanguíneos, metabolismo energético, vitamina D, sueño y estado de ánimo. Su eficacia no parece depender de una única acción, sino de la capacidad de sostener equilibrios celulares fundamentales. Ayuda al músculo a gestionar la energía y la contracción, al sistema nervioso a contener la excesiva excitabilidad, al sistema cardiovascular a regular el tono vascular, al metabolismo de la vitamina D a funcionar de forma más eficiente y al ciclo sueño-vigilia a recuperar una mejor modulación hormonal.

Al mismo tiempo, la literatura disponible invita a no transformar el magnesio en una solución genérica para cualquier trastorno. Los estudios muestran beneficios más convincentes en condiciones precisas: hipertensión, hipomagnesemia, sobrepeso u obesidad con estado vitamínico D subóptimo, actividad física intensa, insomnio en contexto diabético, sueño insatisfactorio con compromiso subjetivo, depresión leve-moderada. Esto significa que la suplementación debería ser razonada y personalizada. La pregunta más correcta no es simplemente si el magnesio “funciona”, sino en qué persona, con qué objetivo, con qué formulación, a qué dosis, durante cuánto tiempo y en presencia de qué necesidad fisiológica.

Magnesio y prevención

El segundo gran tema que surge de la literatura sobre el magnesio se refiere a su posible capacidad para contribuir a la reducción del riesgo de desarrollar algunas de las principales enfermedades crónicas que caracterizan al mundo moderno. Si en el párrafo anterior vimos cómo este mineral puede influir en el sueño, la función cognitiva, la presión arterial, la recuperación muscular y el bienestar psicológico, las investigaciones más recientes sugieren que su papel podría extenderse también a la prevención de patologías cardiovasculares, cerebrovasculares y metabólicas. Naturalmente, es importante subrayar que la mayor parte de las evidencias disponibles deriva de estudios observacionales y de cohortes, que no permiten demostrar una relación causal definitiva. Sin embargo, cuando resultados similares se observan repetidamente en poblaciones diferentes, seguidas durante muchos años y que comprenden cientos de miles de individuos, el panorama que emerge merece especial atención.

Para comprender el posible papel preventivo del magnesio es útil recordar que muchas de las enfermedades crónicas más extendidas comparten algunos mecanismos biológicos fundamentales. La inflamación crónica de bajo grado, el estrés oxidativo, la disfunción endotelial, la alteración del metabolismo glucídico y la pérdida de la sensibilidad insulínica representan, de hecho, elementos comunes que conectan entre sí la aterosclerosis, la diabetes de tipo 2, el infarto y el ictus. El magnesio interviene en todos estos procesos, motivo por el cual su disponibilidad podría influir no solo en un órgano o una función aislada, sino en todo el equilibrio metabólico del organismo. (Song et al., 2024) [7]; (Fang et al., 2016) [11]

Uno de los aspectos más interesantes surgidos de la literatura se refiere al hecho de que la aterosclerosis, la patología que subyace a la mayoría de los eventos cardiovasculares, comienza mucho antes de la aparición de los síntomas. Cuando una persona desarrolla un infarto o un ictus, el proceso patológico que ha conducido al evento a menudo comenzó décadas antes. Por este motivo, los estudios que evalúan los factores de riesgo en la edad adulta joven adquieren una importancia particular. En un amplio análisis realizado sobre 7.244 adultos jóvenes estadounidenses de entre 20 y 34 años, los investigadores examinaron la relación entre la ingesta alimentaria de magnesio y el riesgo de futuras lesiones ateroscleróticas utilizando la puntuación PDAY, una herramienta validada capaz de estimar el riesgo cardiovascular a largo plazo.

Los resultados mostraron una clara asociación inversa entre el consumo de magnesio y el riesgo cardiovascular. Los sujetos pertenecientes al grupo con la ingesta más elevada de magnesio presentaban una probabilidad significativamente menor de mostrar una puntuación PDAY elevada en comparación con aquellos que consumían cantidades menores. Aún más importante, el análisis destacó una relación dosis-respuesta: el riesgo disminuía progresivamente al aumentar el aporte de magnesio, lo que sugiere que el beneficio no estaba limitado exclusivamente a los sujetos con una carencia grave, sino que podía extenderse a lo largo de un amplio espectro de ingesta (Song et al., 2024) [7].

Particularmente interesante fue también la asociación observada con el perfil lipídico. Los participantes que consumían más magnesio mostraban una menor probabilidad de presentar dislipidemia no-HDL, uno de los principales factores de riesgo para la progresión de la aterosclerosis. Aunque el estudio no detectó asociaciones estadísticamente significativas con hipertensión, diabetes u obesidad dentro de la población examinada, el panorama general sugiere que un aporte adecuado de magnesio puede contribuir a crear un entorno metabólico menos favorable para el desarrollo de las lesiones ateroscleróticas.

Desde el punto de vista biológico, esta observación parece plausible. El magnesio ejerce, de hecho, múltiples efectos sobre la pared vascular. Actúa como antagonista fisiológico del calcio, contribuyendo a limitar la calcificación arterial; participa en la regulación del tono vascular favoreciendo la vasodilatación; reduce la producción de mediadores proinflamatorios y contribuye al mantenimiento de la función endotelial. Para comprender la importancia de estos mecanismos se puede imaginar el endotelio como el revestimiento interno de las arterias. Cuando este revestimiento permanece íntegro y funcional, la sangre fluye con mayor fluidez; cuando, por el contrario, es dañado continuamente por inflamación, hiperglucemia, presión elevada o estrés oxidativo, aumenta la probabilidad de que se desarrollen las alteraciones que conducirán a la formación de la placa aterosclerótica (Song et al., 2024) [7].

Las mismas consideraciones se vuelven particularmente relevantes cuando se analiza el riesgo de ictus. El ictus representa una de las principales causas de muerte y discapacidad en el mundo y constituye a menudo la consecuencia final de procesos patológicos que involucran al sistema vascular durante muchos años. Diversas investigaciones han intentado aclarar si la ingesta de magnesio puede influir en la probabilidad de desarrollar esta patología y los resultados muestran una sorprendente coherencia.

Una de las investigaciones más amplias disponibles se realizó utilizando los datos de dos grandes cohortes prospectivas femeninas estadounidenses, que comprendían en total más de 180.000 mujeres seguidas durante periodos que alcanzaron los treinta años. Durante el seguimiento se registraron casi 4.000 casos de ictus. Analizando los hábitos alimentarios de las participantes, los investigadores observaron que las mujeres pertenecientes al grupo con el mayor aporte total de magnesio presentaban un riesgo significativamente menor de ictus en comparación con aquellas con el consumo más bajo (Adebamowo et al., 2015) [8].

Aún más interesante fue el metaanálisis actualizado realizado por los mismos autores. Combinando los resultados de los estudios prospectivos disponibles, se observó que cada incremento de 100 mg al día de magnesio estaba asociado a una reducción media del riesgo de ictus de aproximadamente el 13%. Este dato sugiere nuevamente la existencia de una relación dosis-respuesta relativamente estable, en la cual el aumento progresivo de la ingesta se acompaña de una progresiva disminución del riesgo cerebrovascular (Adebamowo et al., 2015) [8].

Un aspecto particularmente innovador del estudio fue la utilización de una puntuación nutricional combinada que integraba la ingesta de magnesio, potasio y calcio. Las mujeres pertenecientes al quintil más elevado de esta puntuación mostraron una reducción del riesgo de ictus total del 28% y una reducción del riesgo de ictus isquémico del 22%. Este resultado sugiere que el beneficio observado no depende necesariamente de la acción aislada de un solo nutriente, sino del contexto alimentario general en el que se consume. En otras palabras, el magnesio parece expresar el máximo de su potencial cuando forma parte de un modelo alimentario rico en vegetales, legumbres, cereales integrales y otros alimentos naturalmente ricos en micronutrientes (Adebamowo et al., 2015) [8].

Los resultados observados en las grandes cohortes femeninas fueron posteriormente confirmados también en un vasto análisis realizado sobre los datos del National Health and Nutrition Examination Survey (NHANES) 2007-2018, que comprendía 29.653 adultos estadounidenses. En este estudio, los participantes con la mayor ingesta alimentaria de magnesio presentaban un riesgo de ictus un 44% menor en comparación con aquellos pertenecientes al cuartil con el consumo más bajo. Una vez más, el análisis dosis-respuesta destacó una tendencia lineal: al aumentar la ingesta de magnesio, el riesgo disminuía progresivamente, sin evidencia de umbrales más allá de los cuales el beneficio se detuviera (Sun et al., 2023) [9].

Un elemento particularmente interesante surgido de esta investigación se refiere a las diferencias entre los subgrupos de la población. La asociación protectora resultó particularmente evidente en las mujeres y en la franja de edad comprendida entre los 40 y 59 años. Aunque los motivos de estas diferencias aún no están completamente aclarados, los autores hipotetizan que factores hormonales, metabólicos y nutricionales pueden influir en el papel del magnesio en la salud cerebrovascular. Es además posible que la mediana edad represente una fase crítica en la cual los factores de riesgo cardiovascular comienzan a acumularse y en la cual un aporte adecuado de magnesio pueda ejercer un efecto preventivo particularmente relevante (Sun et al., 2023) [9].

Desde el punto de vista fisiológico, los resultados parecen coherentes con lo ya observado en los estudios cardiovasculares. El magnesio contribuye a la regulación de la presión arterial, favorece la vasodilatación dependiente del endotelio, mejora la sensibilidad insulínica y contribuye a contener la inflamación crónica de bajo grado. Todos estos factores participan directamente en la patogenia del ictus. Se puede imaginar el sistema vascular como una compleja red de carreteras que deben permanecer libres, elásticas y bien mantenidas. Cuando la inflamación, el estrés oxidativo y las alteraciones metabólicas comienzan a acumularse, estas carreteras se vuelven progresivamente más vulnerables; el magnesio parece contribuir a ralentizar este proceso de deterioro (Sun et al., 2023) [9].

Las evidencias se vuelven aún más significativas cuando se analizan personas que ya han experimentado un evento cerebrovascular. En medicina existe, de hecho, una distinción fundamental entre prevención primaria y prevención secundaria. La prevención primaria tiene como objetivo evitar que una enfermedad se manifieste; la prevención secundaria busca, en cambio, mejorar el pronóstico de quien ya ha sido afectado. En este contexto, un estudio de cohortes realizado sobre 917 supervivientes de ictus proporcionó resultados particularmente interesantes; durante un seguimiento mediano de más de cinco años se produjeron 277 fallecimientos. Tras el ajuste por numerosos factores de confusión, los sujetos pertenecientes al cuartil más elevado de ingesta total de magnesio mostraron una reducción del riesgo de mortalidad por todas las causas del 40% en comparación con aquellos con la ingesta más baja. En otras palabras, en los pacientes que ya habían sufrido un ictus, un aporte adecuado de magnesio resultaba asociado a una probabilidad significativamente mayor de supervivencia a largo plazo (Wang et al., 2023) [10].

Uno de los aspectos más sorprendentes del estudio se refiere a la frecuencia de la carencia nutricional. Más del 70% de los participantes no alcanzaba, de hecho, niveles considerados adecuados de ingesta de magnesio. Este dato sugiere que la insuficiencia de magnesio puede representar un problema mucho más extendido de lo que generalmente se percibe, sobre todo en las poblaciones con elevado riesgo cardiovascular.

Los autores han propuesto además diversos mecanismos capaces de explicar el posible beneficio observado. El magnesio ejerce efectos neuroprotectores a través de la inhibición de la excitotoxicidad mediada por los receptores NMDA, actúa como antagonista fisiológico del calcio, favorece la vasodilatación cerebral y contribuye a mejorar la perfusión de los tejidos nerviosos. A estos efectos se añaden la actividad antiagregante plaquetaria, la reducción del estrés oxidativo y la contención de los procesos inflamatorios sistémicos. En su conjunto, estos mecanismos podrían contribuir a mejorar la resiliencia del organismo tras un evento cerebrovascular mayor (Wang et al., 2023) [10].

Si el ictus representa una de las consecuencias más graves de la enfermedad cardiovascular, la diabetes mellitus de tipo 2 constituye uno de los principales factores que favorecen su desarrollo. Por este motivo, la relación entre el magnesio y el metabolismo glucídico ha atraído una creciente atención por parte de la comunidad científica. Una vasta revisión sistemática y metaanálisis que comprendía 25 estudios prospectivos, 637.922 participantes y 26.828 casos incidentes de diabetes permitió evaluar con elevada precisión esta asociación; los resultados mostraron que los sujetos con el mayor aporte alimentario de magnesio presentaban un riesgo un 17% menor de desarrollar diabetes mellitus de tipo 2 en comparación con aquellos con el consumo más bajo. La reducción del riesgo resultó ser del 19% en las mujeres y del 16% en los hombres, confirmando una notable coherencia entre los diferentes grupos de población (Fang et al., 2016) [11].

Una vez más emerge una relación dosis-respuesta lineal. Cada incremento de 100 mg al día de magnesio alimentario resultó asociado a una reducción del riesgo de diabetes comprendida entre el 8% y el 13%. Esta tendencia es particularmente importante porque sugiere que el beneficio no depende exclusivamente de la corrección de una carencia grave, sino que podría manifestarse progresivamente al aumentar la ingesta a lo largo de un amplio intervalo de valores.

La plausibilidad biológica de estos resultados parece muy sólida. El magnesio participa directamente en la activación del receptor insulínico y en la transducción de la señal intracelular que permite a las células responder correctamente a la insulina. Además, numerosos enzimas involucrados en la glucólisis y en la producción energética requieren la presencia de este mineral. Cuando el magnesio se vuelve insuficiente, la capacidad de las células para utilizar la glucosa tiende progresivamente a deteriorarse, favoreciendo la aparición de la insulino-resistencia, uno de los pasos centrales en el desarrollo de la diabetes de tipo 2 (Fang et al., 2016) [11].

En este punto emerge una consideración importante. La aterosclerosis, el ictus y la diabetes se consideran a menudo enfermedades distintas, pero en realidad comparten muchos mecanismos biológicos comunes. La inflamación crónica, la disfunción endotelial, la insulino-resistencia y el estrés oxidativo representan un hilo conductor que conecta estas condiciones. Es, por tanto, posible que el magnesio ejerza parte de sus efectos protectores no actuando sobre una sola enfermedad, sino contribuyendo a mantener más eficientes los sistemas fisiológicos que regulan el equilibrio metabólico general del organismo.

Esta interpretación encuentra una confirmación adicional en una vasta cohorte prospectiva compuesta por 91.891 adultos seguidos durante un periodo mediano de quince años. En este estudio, los investigadores no se limitaron a evaluar el aporte individual de magnesio, sino que analizaron la adherencia a un modelo alimentario globalmente rico en alimentos que representan sus fuentes naturales, definido como Magnesium-Rich Diet. Este esquema alimentario comprendía cereales integrales, legumbres, frutos secos, verduras, frutas, café y té; los resultados fueron particularmente relevantes. Los participantes pertenecientes al cuartil con la mayor adherencia a este modelo alimentario mostraron una reducción del 26% de la mortalidad cardiovascular total, una reducción del 26% de la mortalidad por enfermedades cardíacas y una reducción del 33% de la mortalidad cerebrovascular en comparación con los sujetos con la menor adherencia. Los análisis dosis-respuesta mostraron además una reducción progresiva del riesgo al aumentar la adherencia a la dieta rica en magnesio (Lei et al., 2025) [12].

Uno de los aspectos más innovadores del estudio se refiere al análisis de los posibles mecanismos responsables de estos beneficios. Los investigadores observaron que cerca del 18,5% de la asociación entre la dieta rica en magnesio y la reducción de la mortalidad cardiovascular podía explicarse por la mejora del equilibrio oxidativo del organismo. En términos sencillos, una parte significativa del efecto protector parecería derivar de la capacidad de contrarrestar los daños provocados por los radicales libres y por los procesos oxidativos que contribuyen al envejecimiento vascular y a la progresión de la aterosclerosis (Lei et al., 2025) [12].

En su conjunto, estas evidencias delinean un panorama extremadamente coherente. El magnesio no aparece simplemente como un mineral involucrado en la contracción muscular o en la producción energética, sino como uno de los principales reguladores del equilibrio cardiometabólico. Las asociaciones observadas con el riesgo de aterosclerosis, ictus, diabetes y mortalidad cardiovascular sugieren que mantener un aporte adecuado de magnesio a lo largo de la vida puede contribuir a reducir la probabilidad de desarrollar muchas de las patologías crónicas que hoy representan las principales causas de muerte y discapacidad. Aunque no se puede atribuir a un solo nutriente la responsabilidad exclusiva de tales efectos, el conjunto de las evidencias disponibles indica que el magnesio ocupa una posición central dentro de las estrategias nutricionales orientadas a la prevención de las enfermedades crónicas y a la promoción de la longevidad.

El magnesio y la resistencia a la insulina

Si existe un ámbito en el que el papel del magnesio ha adquirido una relevancia creciente en las últimas décadas, es sin duda el de la insulino-resistencia. Esta condición representa uno de los principales nodos fisiopatológicos de las enfermedades metabólicas modernas y constituye el terreno biológico sobre el cual se desarrollan la prediabetes, la diabetes tipo 2, el síndrome metabólico, la esteatosis hepática y numerosas patologías cardiovasculares. Comprender la relación entre el magnesio y la insulino-resistencia significa, por tanto, explorar uno de los mecanismos más centrales de la medicina metabólica contemporánea.

La insulina puede imaginarse como una llave que permite que la glucosa entre en las células. Cuando la sensibilidad a la insulina es normal, esta llave abre fácilmente la puerta celular, permitiendo que la glucosa se utilice como fuente de energía. En la insulino-resistencia, en cambio, la cerradura se vuelve progresivamente menos eficiente. Para obtener el mismo resultado, el páncreas se ve obligado a producir cantidades cada vez mayores de insulina, instaurando un estado de hiperinsulinemia compensatoria que puede prolongarse durante años antes de la aparición de la diabetes manifiesta.

En este contexto, el magnesio ocupa una posición particularmente importante. Numerosas investigaciones han demostrado que este mineral participa directamente en la fosforilación del receptor de insulina, en la actividad de su tirosina-quinasa, en la transducción de la señal intracelular y en el transporte de glucosa a los tejidos periféricos. Cuando los niveles intracelulares de magnesio disminuyen, la eficiencia de estos procesos tiende a reducirse progresivamente, favoreciendo el desarrollo de la insulino-resistencia (Simental-Mendía et al., 2016) [13].

Esta relación es particularmente interesante porque parece ser bidireccional. Por un lado, la carencia de magnesio puede contribuir al desarrollo de la insulino-resistencia; por otro, la hiperinsulinemia crónica típica de las fases iniciales de la enfermedad metabólica aumenta la excreción urinaria de magnesio, agravando aún más la carencia. Se crea así un verdadero círculo vicioso en el que la reducción del magnesio favorece la resistencia a la insulina y la resistencia a la insulina acelera la pérdida de magnesio.

Las evidencias clínicas que respaldan esta hipótesis se han vuelto particularmente sólidas en los últimos años. Uno de los metaanálisis más amplios disponibles evaluó los efectos de la suplementación oral de magnesio en sujetos diabéticos y no diabéticos, analizando en conjunto decenas de estudios clínicos aleatorizados. El análisis agregado evidenció una mejora significativa del índice HOMA-IR, uno de los principales marcadores utilizados para cuantificar la insulino-resistencia (Simental-Mendía et al., 2016) [13].

Un aspecto particularmente importante que surgió de esta investigación se refiere al factor tiempo. Los efectos más evidentes no aparecían de inmediato, sino que tendían a manifestarse sobre todo en los estudios con una duración igual o superior a cuatro meses. En los protocolos más largos se observaron mejoras significativas tanto en el HOMA-IR como en la glucemia en ayunas, lo que sugiere que el restablecimiento de la homeostasis del magnesio requiere un periodo relativamente prolongado antes de traducirse en modificaciones clínicamente apreciables del metabolismo glucídico (Simental-Mendía et al., 2016) [13].

Esta observación también ayuda a comprender por qué algunos estudios de corta duración han producido resultados aparentemente discordantes. Si el principal objetivo biológico del magnesio es la sensibilidad a la insulina, es plausible que la mejora de los marcadores glucémicos tradicionales, como la glucemia en ayunas y la hemoglobina glicosilada, requiera más tiempo que la corrección de los mecanismos celulares que los determinan.

Una confirmación adicional proviene de una vasta revisión sistemática y metaanálisis que examinó 25 estudios controlados aleatorizados que incluían tanto a pacientes diabéticos como a sujetos con alto riesgo metabólico. Los resultados mostraron que la suplementación con magnesio determina una reducción significativa de la glucemia en ayunas en pacientes con diabetes tipo 2 y mejora simultáneamente la glucemia poscarga y el HOMA-IR en poblaciones caracterizadas por prediabetes o insulino-resistencia (Veronese et al., 2021) [14].

Resulta particularmente interesante el hecho de que la metarregresión evidenciara una correlación entre el aumento de los niveles séricos de magnesio y la mejora de los parámetros metabólicos. En otras palabras, los sujetos que corregían más eficazmente su carencia de magnesio tendían también a mostrar los mayores beneficios en el control glucémico y en la sensibilidad a la insulina. Este dato refuerza aún más la hipótesis de que el magnesio no representa simplemente un marcador del estado metabólico, sino un participante activo en los mecanismos que regulan la acción de la insulina (Veronese et al., 2021) [14].

Las bases biológicas de estos resultados parecen extremadamente sólidas. El magnesio es indispensable para la activación de la tirosina-quinasa del receptor de insulina y para la correcta transducción de la señal intracelular que permite el traslado de los transportadores GLUT (proteínas presentes en la membrana de las células que permiten que la glucosa entre en su interior) hacia la membrana celular. Una menor disponibilidad de magnesio compromete, por tanto, la capacidad de la célula para responder adecuadamente a la insulina, favoreciendo una menor captación de glucosa y un incremento progresivo de la insulino-resistencia (Veronese et al., 2021) [14].

A estos mecanismos se suman los efectos del magnesio sobre la inflamación crónica de bajo grado y el estrés oxidativo. Ambos representan hoy elementos centrales en la fisiopatología de la insulino-resistencia. La inflamación persistente altera, de hecho, la transducción de la señal insulínica a través de la fosforilación anómala de diversas proteínas intracelulares, mientras que el estrés oxidativo daña los sistemas que regulan el metabolismo energético celular. La capacidad del magnesio para contribuir al control de estos procesos podría, por tanto, representar uno de los principales mecanismos a través de los cuales el mineral ejerce sus efectos metabólicos (Veronese et al., 2021) [14].

El conjunto de estas evidencias sugiere que la relación entre el magnesio y la insulino-resistencia no se limita a una simple asociación epidemiológica. Por el contrario, emerge la imagen de un mineral profundamente integrado en los sistemas que regulan la sensibilidad a la insulina, el metabolismo energético y la homeostasis glucídica del organismo.

Si los metaanálisis permiten observar el panorama general, los estudios clínicos aleatorizados permiten, en cambio, comprender cómo se manifiestan concretamente estos efectos en los individuos. Uno de los estudios más importantes en este ámbito fue realizado por Guerrero-Romero y colaboradores en sujetos con prediabetes e hipomagnesemia documentada, una población particularmente interesante porque representa una fase muy precoz de la enfermedad metabólica, en la cual los procesos fisiopatológicos ya están presentes pero la diabetes manifiesta aún no se ha desarrollado (Guerrero-Romero et al., 2015) [15].

El estudio involucró a 116 hombres y mujeres con prediabetes recientemente diagnosticada y niveles séricos bajos de magnesio. Los participantes fueron aleatorizados para recibir placebo o 382 mg al día de magnesio elemental en forma de cloruro de magnesio durante cuatro meses. Al finalizar la intervención, surgieron mejoras significativas en numerosos parámetros metabólicos. Los sujetos tratados con magnesio presentaban una reducción de la glucemia en ayunas, una disminución de la glucemia poscarga y una mejora del índice HOMA-IR en comparación con el grupo placebo. Paralelamente, se observaba una reducción de los triglicéridos, un aumento del colesterol HDL y una normalización de las concentraciones séricas de magnesio. Resultó particularmente impresionante el dato relativo a la evolución clínica de la prediabetes. Más de la mitad de los sujetos tratados con magnesio mostraba una regresión del estado prediabético, mientras que en el grupo placebo este fenómeno afectaba solo a una pequeña minoría de los participantes. Este resultado sugiere que la corrección de la hipomagnesemia puede influir directamente en la trayectoria evolutiva de la enfermedad metabólica, interviniendo en una fase en la que los mecanismos fisiopatológicos son aún potencialmente reversibles (Guerrero-Romero et al., 2015) [15].

Estas observaciones adquieren aún mayor relevancia si se considera que la prediabetes representa a menudo una condición silenciosa. Muchos individuos pueden convivir durante años con una pérdida progresiva de la sensibilidad a la insulina sin manifestar síntomas evidentes. En esta fase, la identificación y corrección de factores modificables como la carencia de magnesio podrían contribuir a ralentizar o incluso interrumpir el camino que conduce a la diabetes mellitus tipo 2.

Resultados similares se observaron también en un estudio más reciente que evaluó el uso de extractos minerales derivados de aguas marinas profundas naturalmente ricas en magnesio en sujetos con tolerancia reducida a la glucosa. Tras doce semanas de tratamiento, los participantes tratados mostraron mejoras significativas en la insulina en ayunas, el péptido C, el HOMA-IR, el HOMA-β y los índices de sensibilidad a la insulina QUICKI y Stumvoll (Ham et al., 2024) [16].

Un aspecto particularmente interesante de este estudio se refiere al hecho de que las mejoras observadas involucraban sobre todo los índices de sensibilidad a la insulina más que los marcadores glucémicos clásicos. Los autores subrayaron además cómo el magnesio participa en numerosos pasos de la fisiología insulínica, incluida la activación de la tirosina-quinasa del receptor de insulina, la autofosforilación de las subunidades β del receptor, el metabolismo energético muscular y la reducción del estrés oxidativo y la inflamación. En otras palabras, el magnesio no actúa sobre un único objetivo molecular, sino que interviene simultáneamente en múltiples nodos de la red metabólica que regula la sensibilidad a la insulina (Ham et al., 2024) [16].

El conjunto de las evidencias disponibles fue sintetizado adicionalmente por un metaanálisis reciente dedicado específicamente a los sujetos con prediabetes. Analizando cinco estudios controlados aleatorizados que incluían un total de 384 participantes, los autores observaron que la suplementación oral de magnesio mejora significativamente la glucemia poscarga, reduce el HOMA-IR, disminuye los triglicéridos y aumenta el colesterol HDL. También en este caso emerge un mensaje coherente. Los efectos más robustos se refieren a la sensibilidad a la insulina y a la gestión de la glucosa tras una carga glucémica, mientras que los efectos sobre la glucemia en ayunas y la hemoglobina glicosilada tienden a ser más modestos. Esto sugiere que el magnesio puede influir sobre todo en la capacidad del organismo para gestionar los desafíos metabólicos diarios, mejorando la respuesta a las comidas y reduciendo la carga de trabajo impuesta a las células β pancreáticas (Basit et al., 2026) [17].

La relevancia clínica de estos efectos se vuelve aún más evidente cuando se observan pacientes con diabetes mellitus tipo 2 ya diagnosticada. En un estudio prospectivo aleatorizado y controlado con placebo realizado en cien pacientes diabéticos, la suplementación de magnesio durante tres meses determinó mejoras significativas en todos los principales parámetros glucémicos. La hemoglobina glicosilada se redujo casi un 10%, la glucemia en ayunas disminuyó más de un 19% y la glucemia posprandial se redujo más de un 26%. Por el contrario, el grupo placebo no mostró ninguna mejora significativa; los autores atribuyeron estos beneficios al papel central del magnesio en la activación de la tirosina-quinasa del receptor de insulina, en el transporte intracelular de glucosa y en la reducción del estrés oxidativo. Resultó particularmente relevante la reducción de la glucemia posprandial, considerada hoy uno de los principales determinantes del daño vascular asociado a la diabetes y uno de los factores más estrechamente relacionados con el riesgo cardiovascular (Dalal et al., 2025) [18].

Observando en su conjunto todas estas evidencias, emerge un panorama sorprendentemente coherente. Independientemente de la población estudiada —sujetos sanos de alto riesgo, individuos con prediabetes, personas con hipomagnesemia o pacientes afectados por diabetes tipo 2—, el magnesio muestra una capacidad constante para mejorar la sensibilidad a la insulina. Las diferencias observadas entre los estudios se refieren sobre todo a la magnitud del beneficio y a la velocidad con la que este se vuelve evidente, no a la dirección del efecto.

Desde el punto de vista fisiopatológico, este resultado parece perfectamente plausible. La insulino-resistencia no nace repentinamente cuando aparece la diabetes, sino que representa el producto final de alteraciones progresivas que involucran al receptor de insulina, la transducción de la señal intracelular, el metabolismo energético, la inflamación y el estrés oxidativo. El magnesio participa en cada uno de estos procesos. Cuando su disponibilidad se reduce, la eficiencia de todo el sistema tiende a deteriorarse progresivamente; cuando, en cambio, la carencia se corrige, la respuesta insulínica puede recuperar parte de su funcionalidad.

En este sentido, el magnesio no debería considerarse simplemente un suplemento destinado a corregir una carencia nutricional. Las evidencias disponibles sugieren que representa uno de los principales moduladores de la sensibilidad a la insulina del organismo y uno de los nutrientes más estrechamente involucrados en la prevención de la progresión de la prediabetes a la diabetes mellitus tipo 2.

El magnesio, AMPK y mTOR

Si en los párrafos anteriores hemos observado el magnesio como regulador del sueño, de la función cardiovascular y del riesgo metabólico, para comprender plenamente su importancia es necesario descender aún más, hasta los sistemas que controlan el destino energético de la célula. En este contexto, como hemos abordado en repetidas ocasiones en los capítulos anteriores, emergen dos protagonistas fundamentales: AMPK y mTOR. Estas dos proteínas pueden imaginarse como los principales centros de mando del metabolismo celular. AMPK actúa como un sensor de escasez energética, mientras que mTOR funciona como un sensor de crecimiento. Cuando la energía disponible disminuye, AMPK tiende a activarse para favorecer el ahorro energético, la producción de ATP y el reciclaje de los componentes celulares. Cuando, por el contrario, los nutrientes y la energía son abundantes, prevalece la actividad de mTOR, que promueve el crecimiento, la síntesis proteica y la proliferación celular.

Durante muchos años, el magnesio fue considerado principalmente un cofactor enzimático indispensable para la producción de ATP. Hoy sabemos que su papel es mucho más amplio. Numerosas evidencias indican, de hecho, que el magnesio participa directamente en los mecanismos que permiten a la célula percibir su propio estado energético y adaptarse a las variaciones ambientales. Uno de los estudios más fascinantes en este ámbito ha demostrado la existencia de un sofisticado sistema molecular capaz de detectar las variaciones intracelulares de magnesio y transformarlas en una respuesta metabólica coordinada (Hardy et al., 2019) [19].

Este fenómeno parece estar estrechamente relacionado con la actividad de AMPK. La reducción del magnesio intracelular determina, de hecho, una disminución del ATP biológicamente activo, ya que la forma energéticamente utilizable del ATP está ligada precisamente al magnesio. Cuando las reservas de ATP-Mg se reducen, la relación energética celular se modifica y AMPK se activa. Una vez activada, esta proteína inicia una profunda reorganización metabólica destinada a restablecer el equilibrio energético.

Este concepto es particularmente importante porque muestra cómo el magnesio no es simplemente un elemento pasivo necesario para la producción energética, sino que representa una componente integrante del sistema que controla el metabolismo mismo. En cierto sentido, la célula utiliza el magnesio como uno de los indicadores de su propia disponibilidad energética. Cuando el magnesio disminuye, AMPK interpreta esta condición como una señal de estrés metabólico y activa una respuesta orientada a preservar la supervivencia celular (Hardy et al., 2019) [19].

Uno de los principales efectos de la activación de AMPK consiste en la inhibición de mTOR. Esta relación es bien conocida en fisiología celular: cuando AMPK percibe una carencia energética, reduce la actividad de mTOR para limitar procesos energéticamente costosos como la síntesis proteica y la proliferación celular. Paralelamente, favorece la activación de la autofagia, un proceso a través del cual la célula degrada y recicla componentes dañados o que ya no son necesarios para recuperar energía y materias primas.

La autofagia puede compararse con un sofisticado sistema de reciclaje interno. Cuando una ciudad atraviesa un periodo de escasez de recursos, recuperar materiales ya presentes resulta más eficiente que producir otros nuevos. Del mismo modo, la célula utiliza la autofagia para desmontar estructuras dañadas y recuperar moléculas reutilizables. Este proceso adquiere particular importancia en las condiciones de estrés metabólico, inflamación crónica y envejecimiento celular.

Las evidencias experimentales sugieren que el magnesio es capaz de influir directamente en este delicado equilibrio entre AMPK, mTOR y autofagia. En células madre mesenquimales cultivadas sobre superficies que contienen magnesio, se ha observado un aumento de la fosforilación de AMPK asociado a una reducción de la actividad de mTOR y a una significativa activación de la autofagia. Este efecto se acompañaba de una mayor diferenciación osteogénica y de una mejora en la maduración celular.

Los autores observaron que la exposición al magnesio determinaba una reducción de los niveles intracelulares de ATP, probablemente vinculada a una reorganización del metabolismo energético. Dicho cambio activaba AMPK, que a su vez suprimía mTOR y promovía el flujo autofágico. El resultado final era una mayor capacidad de las células para diferenciarse hacia el fenotipo osteoblástico, lo que sugiere que la autofagia no representa solo un mecanismo de supervivencia, sino también una herramienta a través de la cual la célula puede adquirir nuevas funciones especializadas (Wang et al., 2022) [20].

Estos resultados son particularmente interesantes porque muestran cómo el magnesio puede actuar como modulador de uno de los interruptores metabólicos más importantes del organismo. No se limita a proporcionar un sustrato para las reacciones energéticas, sino que contribuye a decidir si la célula debe invertir energía en el crecimiento o conservarla y reciclarla a través de la autofagia.

La influencia del magnesio en el eje AMPK-mTOR no parece limitarse al tejido óseo. Uno de los campos en los que esta relación se ha estudiado con mayor interés se refiere al metabolismo hepático. El hígado representa, de hecho, uno de los principales centros de regulación energética del organismo y una de las primeras estructuras en resentirse de los desequilibrios metabólicos asociados a la obesidad y a la insulinorresistencia. En condiciones de exceso calórico, los hepatocitos tienden progresivamente a acumular triglicéridos en forma de gotitas lipídicas intracelulares. Este fenómeno constituye el primer paso de la esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica, una patología que hoy afecta a más de una cuarta parte de la población adulta mundial.

En este contexto, la autofagia asume una función particularmente importante. Una forma especializada de la misma, llamada lipofagia, permite de hecho a los hepatocitos degradar y reciclar las gotitas lipídicas acumuladas en el citoplasma. Cuando este mecanismo funciona correctamente, la célula logra mantener un equilibrio entre la acumulación y la utilización de las grasas; cuando, por el contrario, la autofagia se reduce, los lípidos tienden a acumularse progresivamente, favoreciendo la evolución hacia esteatohepatitis, fibrosis y daño hepático crónico (Chen et al., 2023) [21].

Para comprender el posible papel del magnesio en este proceso, Chen y colaboradores desarrollaron un modelo celular de esteatosis hepática utilizando hepatocitos humanos expuestos a elevadas concentraciones de ácidos grasos libres. Los resultados mostraron que la suplementación de magnesio reducía significativamente la acumulación lipídica intracelular. Dicho efecto iba acompañado de una disminución de la expresión de SREBP1 y FASN, dos de los principales reguladores de la síntesis de los ácidos grasos, y de un aumento de la expresión de la lipoproteína lipasa, involucrada en la utilización de los triglicéridos. Paralelamente, el magnesio activaba AMPK, inhibía mTOR y aumentaba los marcadores de la autofagia celular.

Estas observaciones sugieren que el magnesio puede influir en el metabolismo hepático a través de una doble estrategia. Por una parte, reduce la producción de nuevos lípidos; por otra, aumenta la capacidad de la célula para eliminar los ya acumulados. En términos prácticos, es como si interviniera simultáneamente en el grifo que llena un depósito y en el desagüe que lo vacía. El resultado final es una reducción de la carga lipídica intracelular y una mejora de la homeostasis metabólica (Chen et al., 2023) [21].

La activación de la autofagia mediada por el magnesio asume características aún más interesantes cuando se observa en el contexto tumoral. En condiciones normales, la autofagia representa un mecanismo de supervivencia que permite a la célula adaptarse a los estreses metabólicos. Sin embargo, en algunos contextos patológicos, una activación intensa y prolongada puede transformarse en un proceso que favorece la muerte celular. Este fenómeno se ha observado en un estudio dedicado al osteosarcoma, el tumor maligno primario del hueso más común en los adultos jóvenes (Wei et al., 2021) [22].

Utilizando andamios (scaffolds) porosos (estructuras tridimensionales ricas en pequeños espacios, que sostienen el crecimiento de las células y favorecen la formación de nuevos tejidos) de titanio recubiertos de magnesio, los investigadores observaron que la liberación controlada de iones Mg2+ reducía la proliferación y la migración de las células tumorales, aumentando simultáneamente tanto la autofagia como la apoptosis. El análisis molecular demostró que este efecto estaba mediado por la activación de la cascada AMPK/mTOR/ULK1. El aumento de la fosforilación de AMPK determinaba, de hecho, la supresión de mTOR y la activación de ULK1, una proteína considerada el principal interruptor molecular que inicia el proceso autofágico.

Resultó particularmente significativo el hecho de que la inhibición farmacológica de la autofagia reducía también la apoptosis inducida por el magnesio. Este resultado sugiere que, al menos en el contexto del osteosarcoma, la autofagia no representa un simple fenómeno asociado a la muerte celular, sino que constituye uno de los mecanismos responsables de la eliminación de las células neoplásicas. Los autores propusieron, por tanto, que el magnesio puede contribuir a crear un entorno metabólico desfavorable para la supervivencia tumoral a través de la activación coordinada del eje AMPK/mTOR/ULK1 (Wei et al., 2021) [22].

Un estudio realizado en ratones con hiperglucemia demostró que el magnesio isoglicirrizinato (MgIG), un compuesto derivado del regaliz, protege al hígado de los daños causados por el paracetamol. El tratamiento redujo la inflamación y el estrés oxidativo, favoreciendo la autofagia. Estos efectos involucran a las células inmunitarias del hígado, llamadas células de Kupffer, a través de la regulación de las vías AMPK/AKT, mTOR y ULK1 (Bu et al., 2026) [23].

Estos resultados permiten comprender cómo el magnesio puede influir en procesos aparentemente muy distintos entre sí —osteogénesis, metabolismo hepático, respuesta tumoral y protección hepática— a través de un principio biológico común. En todos estos modelos experimentales emerge, de hecho, el mismo esquema: activación de AMPK, reducción de la actividad de mTOR, aumento de la autofagia y mejora de la capacidad de la célula para adaptarse a condiciones de estrés metabólico.

A través de la modulación del eje AMPK-mTOR, el magnesio contribuye a determinar si la célula debe invertir energía en el crecimiento, conservar sus propios recursos, activar programas de reparación o iniciar procesos de reciclaje intracelular; en este sentido, la relación entre magnesio, AMPK y mTOR representa probablemente uno de los mecanismos más profundos a través de los cuales este mineral ejerce sus efectos sobre la salud. Detrás de beneficios aparentemente muy diversos, desde la reducción del riesgo cardiometabólico hasta la protección hepática, desde el control de la acumulación lipídica hasta el apoyo a la función ósea, emerge, de hecho, un denominador común biológico: la capacidad del magnesio para dialogar con los principales sensores energéticos de la célula y orientar su respuesta metabólica hacia una mayor eficiencia y resiliencia.

Conclusiones

El recorrido abordado en este capítulo nos ha permitido comprender cómo el magnesio es mucho más que un mineral involucrado en la contracción muscular. Su presencia es fundamental para cientos de reacciones enzimáticas, desde la producción de energía hasta la transmisión nerviosa, pasando por la regulación cardiovascular. Las investigaciones muestran, además, que el magnesio participa en el metabolismo de la vitamina D, contribuyendo a los procesos necesarios para su activación. Esta variedad de funciones pone de relieve un principio fundamental: el magnesio no actúa sobre un único órgano, sino que sostiene numerosos sistemas biológicos interconectados.

Partiendo de estas propiedades, hemos analizado los posibles beneficios de la suplementación. Los estudios clínicos documentan reducciones moderadas de la presión arterial, sobre todo en sujetos hipertensos o con niveles bajos de magnesio. Otras investigaciones sugieren beneficios en la recuperación muscular tras la actividad física, en los síntomas depresivos y ansiosos, y en algunos parámetros del sueño. También se han observado mejoras en el rendimiento cognitivo en poblaciones específicas. Sin embargo, estos resultados no indican una eficacia universal: los beneficios dependen de las condiciones individuales, de la disponibilidad inicial del mineral y de las características de la intervención.

De estas observaciones emerge el posible papel del magnesio en la prevención de enfermedades crónicas. Amplios estudios epidemiológicos han asociado una mayor ingesta dietética con un menor riesgo de aterosclerosis, ictus y diabetes de tipo 2. Otras investigaciones han observado una menor mortalidad cardiovascular en las personas que siguen patrones alimentarios ricos en magnesio. Estas asociaciones no demuestran necesariamente una relación causal, pero sugieren la importancia de una alimentación equilibrada en el mantenimiento de la salud cardiometabólica.

El vínculo entre estas patologías se vuelve más claro al observar los mecanismos que comparten. La inflamación crónica, el estrés oxidativo, las alteraciones vasculares y la resistencia a la insulina contribuyen, de hecho, a su progresión. Precisamente esta última representa uno de los ámbitos en los que el magnesio adquiere especial relevancia. El mineral participa en la activación del receptor de insulina y en las señales intracelulares necesarias para utilizar correctamente la glucosa. Una disponibilidad insuficiente del mismo puede comprometer estos procesos, favoreciendo una reducción progresiva de la sensibilidad a la insulina.

Los metaanálisis y los estudios clínicos aleatorizados han mostrado que la suplementación puede mejorar el índice HOMA-IR y algunos parámetros glucémicos, sobre todo en sujetos con prediabetes, diabetes o carencia de magnesio. Estos resultados sugieren que corregir una insuficiencia puede contribuir a interrumpir el círculo vicioso entre la respuesta insulínica alterada y la pérdida del mineral.

¿Pero a través de qué mecanismos celulares se desarrollan estos efectos? La respuesta nos conduce a AMPK y mTOR, dos reguladores fundamentales del equilibrio energético. AMPK favorece la adaptación a la escasez de energía, mientras que mTOR sostiene el crecimiento y la síntesis celular. Las investigaciones experimentales muestran que el magnesio puede influir en este equilibrio, favoreciendo, en determinados contextos, la activación de AMPK, la reducción de la actividad de mTOR y el inicio de la autofagia.

Este proceso permite a las células eliminar y reciclar componentes dañados. Los estudios descritos han puesto de manifiesto posibles beneficios en la formación ósea, en el metabolismo de las grasas hepáticas y en la protección celular. En modelos tumorales específicos, la activación de la autofagia se ha asociado, además, a la muerte de las células neoplásicas, sin que esto demuestre una eficacia antitumoral en humanos.

Emerge así el mensaje central del capítulo: mantener una disponibilidad adecuada de magnesio significa sostener los mecanismos que regulan la energía, el metabolismo y la funcionalidad celular. Su suplementación debe responder a necesidades individuales, mientras que una alimentación equilibrada sigue siendo el principal punto de partida para garantizar un aporte adecuado.

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