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Glucemia e insulina en la respuesta a la comida

La composición de las comidas influye en la respuesta glucémica e insulínica del organismo a través de procesos que involucran la digestión, la absorción de nutrientes y la regulación metabólica. El índice glucémico, la carga glucémica y la respuesta insulínica representan herramientas útiles para comprender el impacto de los alimentos, aunque por sí solos no describen la complejidad de una dieta. En el libro «La scelta di Vivere in Salute o in Malattia», el Dr. A. Colonnese y R. Panzironi profundizan en estos indicadores y su significado para la salud metabólica.

Citar este artículo
Colonnese, A. & Panzironi, R. (2026). Glucemia e insulina en la respuesta a la comida. La elección de vivir en salud o en enfermedad. https://lifesciencehub.info/es/la-scelta-di-vivere-in-salute-o-in-malattia/glucemia-e-insulina-en-la-respuesta-a-la-comida
La elección de vivir en salud o en enfermedad · ISBN 979-12-82692-05-2

DOI lsh.es.libro.2

  • Publicación 05/11/2026
  • Actualización 05/11/2026
  • GLUCEMIA POSPRANDIAL
  • CARGA GLUCÉMICA
  • SECRECIÓN INSULÍNICA
  • ACLARAMIENTO HEPÁTICO
  • HIPERINSULINEMIA
Infografía de cuatro paneles con curvas de glucosa e insulina, indicadores glucémicos y alimentos integrales, legumbres, pescado, huevos y verduras.
La composición de la comida y la respuesta glucémica, la secreción insulínica y el aclaramiento hepático, la sensibilidad a la insulina y los indicadores glucémicos —glucemia en ayunas, HbA1c, OGTT a 1 y 2 horas— delinean el continuo entre la salud y el riesgo metabólico, conectando la calidad de los carbohidratos, la carga glucémica, la fibra y la matriz alimentaria con la regulación posprandial.

ABSTRACT

La regulación del metabolismo glucídico implica procesos fisiológicos que van más allá de la simple medición de la glucemia. En el libro "La scelta di Vivere in Salute o in Malattia" (La elección de vivir con salud o con enfermedad), el Dr. A. Colonnese y R. Panzironi profundizan en las interacciones entre la alimentación, la respuesta glucémica posprandial, la secreción de insulina y el aclaramiento hepático, destacando su papel en la comprensión de las alteraciones metabólicas y en la evaluación temprana del riesgo.

Después de una comida, la respuesta glucémica depende de la cantidad y calidad de los carbohidratos, de la estructura de los alimentos, del contenido de fibra y de la composición general de la comida. El índice y la carga glucémica permiten interpretar estas variaciones, mientras que la secuencia alimentaria y el momento del consumo contribuyen aún más a la modulación metabólica. Paralelamente, la secreción de insulina de las células β pancreáticas integra señales nutricionales y hormonales, lo que hace que la respuesta insulínica sea solo parcialmente predecible a través del contenido glucídico, tal como lo destaca el Food Insulin Index (índice de insulina de los alimentos).

La insulinemia sistémica depende, además, del aclaramiento hepático, que determina cuánta insulina secretada llega a la circulación periférica. Una reducción en este proceso puede contribuir precozmente a la hiperinsulinemia y a las alteraciones de la sensibilidad a la insulina. Las proteínas, las grasas y la fibra modifican aún más estas respuestas a través de efectos sobre la secreción hormonal, el vaciado gástrico y la absorción de glucosa.

Por lo tanto, la evaluación metabólica requiere indicadores complementarios. La glucemia en ayunas y la HbA1c describen, respectivamente, las condiciones basales y la exposición glucémica media, mientras que la prueba de tolerancia oral a la glucosa permite explorar la respuesta funcional. En particular, la glucemia a la hora podría identificar alteraciones tempranas no detectadas por los indicadores convencionales.

En conjunto, la evidencia describe un continuo de riesgo metabólico, en el cual incluso las variaciones glucémicas comprendidas dentro de los rangos convencionalmente normales pueden tener un significado pronóstico. Integrar la calidad alimentaria, la dinámica insulínica y los indicadores glucémicos podría favorecer el reconocimiento oportuno de las disfunciones y orientar intervenciones preventivas personalizadas antes de la aparición de alteraciones clínicamente manifiestas.

Dieta y glucemia posprandial

Cuando se consume un alimento que contiene carbohidratos, el organismo pone en marcha una compleja serie de procesos destinados a transformar dichos nutrientes en glucosa, la principal fuente de energía para las células. Una vez absorbida a nivel intestinal, la glucosa entra en el torrente sanguíneo provocando un aumento de la glucemia, un fenómeno totalmente fisiológico que recibe el nombre de respuesta glucémica posprandial. Sin embargo, no todos los alimentos ricos en carbohidratos provocan el mismo incremento de la glucemia. Dos comidas que contienen una cantidad aparentemente similar de carbohidratos pueden, de hecho, producir respuestas metabólicas profundamente diferentes, tanto en rapidez como en intensidad. Esta observación, hoy ampliamente confirmada por la investigación científica, ha modificado profundamente la forma de interpretar la relación entre la alimentación y el metabolismo de la glucosa, desplazando la atención de la mera cantidad de carbohidratos a su calidad metabólica (Esfahani et al., 2009) [1].

Durante muchos años, la evaluación nutricional de los carbohidratos se centró casi exclusivamente en su contenido cuantitativo. Se creía, en esencia, que la respuesta glucémica dependía sobre todo de los gramos de carbohidratos ingeridos. Con el tiempo, se hizo evidente que esta interpretación era incompleta. La velocidad con la que se digieren los almidones, la estructura física del alimento, el contenido de fibra, el grado de refinamiento, la presencia de proteínas y grasas, la matriz alimentaria y los métodos de procesamiento del alimento mismo pueden modificar profundamente la velocidad con la que la glucosa llega a la sangre. Como consecuencia, alimentos que aportan la misma cantidad de carbohidratos pueden determinar aumentos glucémicos muy diferentes entre sí (Esfahani et al., 2009) [1].

De estas observaciones nació el concepto de índice glucémico (IG), una herramienta desarrollada para clasificar los alimentos que contienen carbohidratos según la rapidez con la que aumentan la glucemia en comparación con un alimento de referencia (50 g de glucosa pura equivalentes a IG=100). Por tanto, el índice glucémico no mide cuántos carbohidratos contiene un alimento, sino que describe el comportamiento metabólico de esos carbohidratos una vez ingeridos. En otras palabras, representa una medida de su calidad fisiológica más que de su simple cantidad (Esfahani et al., 2009) [1].

En los años siguientes, la validez del índice glucémico fue objeto de un intenso debate científico. Algunos autores habían cuestionado su fiabilidad, argumentando que la respuesta glucémica era demasiado variable como para poder ser sintetizada por un único parámetro. Para aclarar la situación, el International Carbohydrate Quality Consortium reunió en 2015 en Stresa a un grupo de expertos internacionales que reexaminó críticamente toda la literatura disponible. El consenso alcanzado fue extremadamente claro: el índice glucémico representa una metodología estandarizada, reproducible y científicamente válida para clasificar los alimentos ricos en carbohidratos. Además, el grupo de trabajo concluyó que la glucemia posprandial constituye uno de los principales determinantes de la salud metabólica y que reducir la magnitud de los picos glucémicos después de las comidas contribuye a mejorar la sensibilidad a la insulina, limitar el estrés oxidativo, reducir la inflamación crónica de bajo grado y disminuir el riesgo de desarrollar diabetes mellitus tipo 2 y enfermedades cardiovasculares (Augustin et al., 2015) [2].

El índice glucémico representa, por tanto, un enorme paso adelante en la comprensión del metabolismo, pero por sí solo no es suficiente para describir completamente lo que sucede después de una comida. Un alimento puede, de hecho, poseer un índice glucémico elevado y consumirse en una cantidad muy pequeña, produciendo un impacto metabólico relativamente modesto. Por el contrario, un alimento con un índice glucémico intermedio puede consumirse en porciones abundantes y determinar una exposición a la glucosa decididamente superior. Es evidente, por tanto, que la respuesta glucémica depende de la interacción entre dos elementos: la rapidez con la que se absorbe la glucosa y la cantidad total de carbohidratos disponibles introducida con la comida.

Para superar este límite se introdujo el concepto de carga glucémica (CG), obtenido combinando el índice glucémico del alimento con la cantidad efectiva de carbohidratos presentes en la porción consumida. La carga glucémica integra, por tanto, la calidad y la cantidad de los carbohidratos, proporcionando una estimación mucho más cercana al impacto metabólico real de la comida (Bao et al., 2011) [4].

La importancia de este parámetro ha sido confirmada por estudios experimentales particularmente significativos. En un estudio cruzado realizado en mujeres con obesidad, algunos investigadores compararon comidas caracterizadas por un índice glucémico elevado o bajo, preparadas tanto en porciones pequeñas como grandes. Los resultados demostraron que las comidas con un alto índice glucémico determinan aumentos significativamente mayores de la glucemia y de la insulina, pero sobre todo destacaron cómo la carga glucémica era el parámetro más correlacionado con la magnitud de la respuesta metabólica. Cuando diferentes comidas presentaban una carga glucémica similar, producían respuestas glucémicas e insulínicas sorprendentemente superponibles, aunque difirieran en composición o índice glucémico. Esto demuestra que el efecto global de una comida no depende exclusivamente de la velocidad de absorción de los carbohidratos, sino también de su cantidad total (Galgani et al., 2006) [3].

Esta observación fue reforzada aún más por un estudio de 2011, que analizó más de cien alimentos individuales y numerosas comidas mixtas en sujetos sanos. También en este caso, la carga glucémica demostró ser el mejor predictor tanto de la respuesta glucémica como de la respuesta insulínica, superando claramente el simple recuento de los carbohidratos disponibles. Los autores observaron que la carga glucémica explicaba gran parte de la variabilidad de la glucemia posprandial y una cuota relevante de la respuesta insulínica, mientras que la sola cantidad de carbohidratos resultaba mucho menos precisa para predecir el comportamiento metabólico real del organismo. Esto significa que dos comidas que contienen cantidades idénticas de carbohidratos pueden requerir respuestas insulínicas diferentes simplemente porque la calidad de los carbohidratos es distinta (Bao et al., 2011) [4].

La evolución de estos conceptos llevó posteriormente al desarrollo de una medida adicional, definida como impacto glucémico, expresada a través de los equivalentes glucémicos de glucosa (Glucose Glycemic Equivalents, GGE). A diferencia del índice glucémico, que describe una característica relativa de los carbohidratos, y de la carga glucémica, que integra también la cantidad ingerida, el impacto glucémico expresa directamente el efecto que una porción específica de alimento ejerce sobre la glucemia, traduciéndolo en la cantidad de glucosa pura necesaria para producir una respuesta equivalente. Este enfoque permite evaluar el potencial glucémico real del alimento en la porción efectivamente consumida y podría representar una evolución futura de las herramientas utilizadas en la planificación nutricional personalizada (Monro y Shaw, 2008) [5].

La evolución de la investigación en el campo de la respuesta glucémica no se ha limitado al desarrollo de nuevos indicadores cuantitativos, sino que ha puesto de manifiesto progresivamente cómo el metabolismo de la glucosa está influenciado por numerosos factores relacionados no solo con la composición de la comida, sino también con la forma y el momento en que se consume. La glucemia posprandial, de hecho, representa el resultado de la interacción entre la digestión, la absorción intestinal, la secreción de insulina, la sensibilidad de los tejidos periféricos y la producción hepática de glucosa. Modificar incluso uno solo de estos elementos puede determinar diferencias significativas en la respuesta metabólica global (Papakonstantinou et al., 2022) [6].

En los últimos años, el concepto de secuencia de los alimentos dentro de la misma comida ha despertado un interés particular. Tradicionalmente siempre se ha prestado atención sobre todo a qué comer, mientras que ha surgido que el orden en el que se consumen los alimentos también puede influir en la cinética de la absorción de la glucosa. Una revisión sistemática realizada por algunos investigadores analizó numerosos estudios clínicos dedicados a este tema, destacando cómo empezar la comida con alimentos ricos en fibra, proteínas o grasas y consumir los carbohidratos solo después determina una reducción significativa de los picos glucémicos y de la respuesta insulínica posprandial. Este efecto parece depender principalmente de la ralentización del vaciado gástrico, de una digestión más gradual de los almidones y de una mayor secreción de incretinas intestinales (hormonas producidas principalmente por el intestino en respuesta a la ingestión de nutrientes), que modulan fisiológicamente la secreción de insulina. Los autores subrayan además que esta estrategia alimentaria resulta sencilla de aplicar en la práctica diaria y podría representar una herramienta complementaria particularmente útil tanto en la prevención como en el manejo de las alteraciones del metabolismo glucídico (Papakonstantinou et al., 2022) [6].

Paralelamente, numerosas evidencias han demostrado que la calidad global de los carbohidratos introducidos habitualmente con la dieta produce efectos que van mucho más allá de la glucemia observada en las dos horas posteriores a la comida. La respuesta posprandial representa, de hecho, un estímulo que se repite varias veces cada día y que, a lo largo de los años, puede contribuir a determinar profundas modificaciones metabólicas. Es precisamente esta exposición crónica a repetidas excursiones glucémicas la que ha desplazado la atención de los investigadores de los efectos agudos de las comidas individuales a las consecuencias a largo plazo de los diferentes hábitos alimentarios (Brand-Miller et al., 2009) [7].

En este contexto, un estudio de 2009 destacó cómo una dieta caracterizada por un bajo índice glucémico se asocia a un mejor control glucémico global, a una reducción de la variabilidad de la glucemia durante el día y a una menor necesidad de insulina en sujetos con alteraciones del metabolismo de la glucosa. La revisión muestra además que tales beneficios no derivan exclusivamente de la reducción de la magnitud de los picos glucémicos, sino también de la disminución de la exposición global del organismo a las oscilaciones glucémicas, fenómeno considerado hoy uno de los principales determinantes del estrés oxidativo y del daño vascular. Mantener una glucemia más estable significa, de hecho, reducir los estímulos que favorecen la formación de especies reactivas del oxígeno, la activación de las vías inflamatorias y el deterioro progresivo de la función endotelial (Brand-Miller et al., 2009) [7].

La importancia de la calidad de los carbohidratos ha sido confirmada además por otros investigadores, que analizaron críticamente las principales evidencias disponibles sobre el uso del índice glucémico en la práctica clínica. Los autores concluyen que el índice glucémico no debe interpretarse como un parámetro aislado, sino como una herramienta que debe integrarse dentro de un modelo alimentario globalmente equilibrado. Una dieta rica en cereales integrales, legumbres, verduras, fruta entera y otros alimentos naturalmente ricos en fibra tiende, de hecho, a tener un índice glucémico medio inferior y se asocia constantemente a un mejor control metabólico, a una reducción del riesgo de diabetes mellitus tipo 2 y a una menor incidencia de complicaciones cardiovasculares. Al mismo tiempo, los autores recuerdan cómo el grado de maduración de los alimentos, los métodos de cocción, el procesamiento industrial y la combinación de los diferentes ingredientes pueden modificar significativamente la respuesta glucémica, haciendo necesario interpretar el índice glucémico en el contexto de toda la comida en lugar del alimento individual (Vlachos et al., 2020) [8].

Un aspecto adicional particularmente interesante se refiere a los efectos de la glucemia posprandial también en funciones aparentemente alejadas del metabolismo energético, como las capacidades cognitivas. El cerebro representa, de hecho, uno de los órganos más dependientes de la disponibilidad continua de glucosa y resulta particularmente sensible tanto a los aumentos rápidos como a las bruscas reducciones de la glucemia. Una revisión sistemática de 2021 destacó cómo las comidas caracterizadas por un bajo índice glucémico se asocian frecuentemente a una mayor estabilidad de las funciones cognitivas, en particular de la atención, de la memoria de trabajo y de las capacidades ejecutivas, sobre todo en las horas posteriores a la comida. Los autores plantean la hipótesis de que una disponibilidad más constante de glucosa para el sistema nervioso central permite mantener más estable el metabolismo cerebral, evitando las rápidas oscilaciones energéticas que pueden seguir a las comidas con un elevado índice glucémico (Sünram-Lea et al., 2021) [9].

Estas observaciones refuerzan aún más el concepto según el cual la calidad de los carbohidratos no influye exclusivamente en la glucemia o en el riesgo de diabetes, sino que ejerce efectos sistémicos que involucran a numerosos órganos y aparatos. Cada comida representa, de hecho, un estímulo metabólico capaz de activar simultáneamente procesos endocrinos (mecanismos con los que el organismo produce y libera hormonas en la sangre para regular la actividad de órganos y tejidos), nerviosos, inmunitarios y vasculares. Por este motivo, la elección de los alimentos no debería evaluarse exclusivamente en función del aporte calórico, sino también considerando la respuesta fisiológica que inducen en el organismo.

Por último, un elemento a menudo subestimado se refiere al momento del día en que se consumen los carbohidratos. El metabolismo de la glucosa sigue, de hecho, un marcado ritmo circadiano. A lo largo del día varían la sensibilidad a la insulina, la capacidad de las células β pancreáticas para secretar insulina, la producción hepática de glucosa y la capacidad de los tejidos periféricos para utilizar la glucosa circulante. Como consecuencia, la misma comida idéntica puede producir respuestas glucémicas diferentes según el horario en que se consuma. Algunos investigadores han demostrado que las comidas ingeridas en las horas nocturnas determinan generalmente una respuesta glucémica más elevada en comparación con las mismas comidas consumidas por la mañana, destacando cómo la sincronización entre la alimentación y los ritmos circadianos representa un determinante adicional de la salud metabólica (Camps et al., 2017) [10].

En su conjunto, estas evidencias demuestran cómo la respuesta glucémica posprandial es el resultado de la interacción de múltiples factores: calidad y cantidad de los carbohidratos, estructura del alimento, composición de la comida, orden de ingesta de los alimentos, métodos de preparación, momento del día y características metabólicas individuales. Comprender estos mecanismos permite interpretar de forma más completa la relación entre la alimentación y la homeostasis de la glucosa (conjunto de mecanismos con los que el organismo mantiene la concentración de glucosa en la sangre dentro de un intervalo fisiológico) y proporciona herramientas concretas para reducir las excursiones glucémicas que, si se repiten en el tiempo, pueden contribuir al desarrollo de la disfunción metabólica. Sin embargo, el aumento de la glucemia representa solo la primera fase de la respuesta fisiológica a la comida. Para mantener la concentración de glucosa dentro de límites compatibles con el correcto funcionamiento del organismo es, de hecho, necesaria la intervención de un segundo protagonista, estrechamente vinculado a la propia glucemia: la insulina, cuya liberación y cuya dinámica posprandial constituyen el tema del próximo párrafo.

Respuesta insulínica posprandial

La respuesta insulínica posprandial representa uno de los principales mecanismos a través de los cuales el organismo mantiene la homeostasis de la glucosa después de la ingesta de una comida. Aunque se asocia comúnmente al aumento de la glucemia resultante de la ingestión de carbohidratos, hoy sabemos que la liberación de insulina es el resultado de una red de regulación mucho más articulada. La glucosa sigue siendo el principal estímulo fisiológico de la secreción insulínica, pero los aminoácidos, los ácidos grasos, otros sustratos energéticos y numerosos factores no nutricionales también participan en la modulación de la respuesta de las células β pancreáticas. Dichas señales convergen en mecanismos intracelulares compartidos, determinando una secreción insulínica altamente dinámica y adaptable. Además, la respuesta insulínica presenta una importante variabilidad tanto entre individuos como entre los mismos islotes pancreáticos, reflejando diferencias en la sensibilidad a los estímulos metabólicos y en la capacidad secretora de las propias células β. Esta heterogeneidad podría contribuir a explicar la distinta susceptibilidad individual al desarrollo de hiperinsulinemia, insulinorresistencia y diabetes. Asimismo, factores genéticos, ambientales, farmacológicos, aditivos alimentarios y hábitos de vida pueden modificar la secreción insulínica, a veces independientemente de la concentración de glucosa, confirmando que la respuesta posprandial no depende exclusivamente de la glucemia, sino de la integración de múltiples señales fisiológicas (Kolic et al., 2026) [11].

Durante muchos años, la evaluación de la respuesta insulínica se redujo casi exclusivamente a la cantidad de carbohidratos ingeridos. Sin embargo, las evidencias más recientes demuestran que esta interpretación es incompleta. El parámetro que describe con mayor precisión la magnitud de la secreción insulínica después de una comida es la carga glucémica, ya que integra simultáneamente la calidad de los carbohidratos, expresada por el índice glucémico, y su cantidad efectivamente consumida. En un estudio realizado con más de cien alimentos pertenecientes a diferentes categorías y posteriormente validado también en comidas mixtas, la carga glucémica demostró ser el mejor predictor tanto de la glucemia como de la insulinemia posprandial, explicando una cuota de variabilidad netamente superior respecto al simple contenido de carbohidratos. Mientras que este último mantiene una capacidad predictiva aceptable para los alimentos individuales, pierde gran parte de su precisión cuando los alimentos se consumen dentro de comidas complejas, en las cuales las proteínas, las grasas y las fibras modifican la digestión y la absorción de los nutrientes. La carga glucémica, por el contrario, sigue manteniendo una asociación significativa con la respuesta insulínica incluso en las comidas mixtas, confirmándose como un indicador fisiológicamente más representativo de la demanda insulínica real del organismo (Bao et al., 2011) [12].

Estas observaciones han sido reforzadas aún más por estudios experimentales en los que se compararon, en condiciones controladas, comidas caracterizadas por un índice glucémico diferente y una cantidad distinta de carbohidratos. Se observó que los alimentos con un índice glucémico alto producen incrementos de la glucemia y de la insulinemia casi el doble que los alimentos con un índice glucémico bajo cuando se comparan a igualdad de cantidad. Sin embargo, cuando se diseñan comidas diferentes de manera que posean una carga glucémica similar, las respuestas glucémicas e insulínicas resultan sorprendentemente superponibles, a pesar de las diferencias importantes en la composición de los alimentos y en el tamaño de las porciones. Esto indica que la respuesta insulínica depende principalmente del efecto combinado entre la calidad y la cantidad de los carbohidratos, más que solo del índice glucémico (Galgani et al., 2006) [13].

Un paso adelante adicional en la comprensión de la respuesta insulínica posprandial deriva del desarrollo del Food Insulin Index (FII), un índice concebido para estimar directamente la demanda insulínica de los alimentos. Al analizar una base de datos que incluye 147 alimentos comunes, se observó que la carga glucémica representa el mejor predictor individual del índice insulínico alimentario, seguido por el índice glucémico y el contenido de carbohidratos disponibles. Las grasas, las proteínas y los azúcares también contribuyen a la respuesta insulínica, pero en una medida decididamente inferior. Aún más interesante es el hecho de que la sola composición nutricional de los alimentos logra explicar solo cerca de la mitad de la variabilidad de la respuesta insulínica, mientras que la integración entre la respuesta glucémica, el contenido de azúcares y las proteínas permite explicar cerca del 78% de la variabilidad observada. Esto confirma que la secreción insulínica es el resultado de la interacción entre múltiples características del alimento y no de la simple cantidad de carbohidratos introducida (Bell et al., 2016) [12].

En los sujetos con sobrepeso y tolerancia reducida a la glucosa se observaron las concentraciones posprandiales de insulina más elevadas tras el consumo tanto de comidas con un índice glucémico alto como bajo, lo que sugiere una mayor demanda secretora de las células β para mantener el control de la glucemia. A pesar de estas diferencias individuales, las comidas con un índice glucémico bajo siguen determinando una respuesta insulínica significativamente menor en comparación con las comidas con un índice glucémico alto en todas las categorías de participantes, demostrando que la calidad de los carbohidratos mantiene un papel determinante incluso en presencia de alteraciones metabólicas preexistentes (Perälä et al., 2011) [13].

La composición general de la comida, como por ejemplo la cantidad de fibra presente, representa otro elemento determinante: de hecho, en los pacientes con diabetes tipo 2, un desayuno caracterizado simultáneamente por un índice glucémico elevado y un bajo contenido de fibra produjo la respuesta insulínica más alta entre todas las combinaciones estudiadas, mientras que el incremento del contenido de fibra atenuó significativamente la insulinemia incluso cuando el índice glucémico permanecía invariable. Paralelamente, los desayunos con un índice glucémico bajo determinaron una mayor supresión de la grelina (hormona involucrada en la regulación del apetito) aun sin modificar significativamente la percepción subjetiva del hambre. Estos resultados sugieren que la calidad de los carbohidratos y el contenido de fibra actúan de manera complementaria en la modulación de la respuesta insulínica posprandial (Silva et al., 2015) [14].

Resultados análogos se observaron también a largo plazo. Tras diez semanas de alimentación con un índice glucémico bajo, mujeres sanas continuaron presentando picos inferiores de glucemia e insulina en comparación con sujetos alimentados con una dieta con un índice glucémico alto, sin diferencias en el gasto energético o en el vaciado gástrico. El efecto favorable parece, por tanto, depender sobre todo de la modulación de la respuesta glucémica e insulínica más que de modificaciones del metabolismo energético. Además, las participantes alimentadas con una dieta con un índice glucémico bajo refirieron una mayor saciedad y un menor deseo de alimentos ricos en grasas, lo que sugiere un posible beneficio también en el control del apetito (Krog-Mikkelsen et al., 2011) [15].

Por lo tanto, los efectos favorables de una reducción del índice glucémico o del contenido de carbohidratos no parecen limitarse a la comida individual, sino que pueden extenderse a toda la jornada alimentaria. En un estudio cruzado realizado en condiciones metabólicas rigurosamente controladas, todas las estrategias nutricionales que preveían una reducción del índice glucémico, del contenido de carbohidratos o de ambos determinaron una disminución significativa de la exposición global a la glucosa y a la insulina en las doce horas siguientes en comparación con una dieta con un índice glucémico alto y rica en carbohidratos. La combinación de un índice glucémico bajo y un bajo contenido de carbohidratos produjo la mayor reducción de la respuesta insulínica diaria, mientras que no surgieron diferencias significativas en las sensaciones subjetivas de hambre o saciedad. Estas observaciones confirman que intervenir en la calidad y en la cantidad de los carbohidratos representa una estrategia eficaz para atenuar la estimulación insulínica posprandial a lo largo de todo el día, contribuyendo potencialmente a reducir la carga funcional impuesta a las células β pancreáticas (Liu et al., 2012) [16].

Producción y aclaramiento hepático de insulina

Una vez secretada por las células β pancreáticas, la insulina no llega inmediatamente a los músculos, al tejido adiposo y a otros órganos periféricos. Su primer destino es el hígado, al que llega a través de la vena porta, donde la hormona se encuentra con concentraciones mucho más elevadas que las que estarán presentes posteriormente en la circulación sistémica. Este primer paso representa un momento fundamental de la fisiología insulínica, ya que el hígado actúa como un verdadero regulador de la biodisponibilidad de la hormona. De hecho, en condiciones fisiológicas, una parte muy considerable de la insulina secretada se elimina ya durante el primer paso hepático, mientras que solo la fracción restante llega al torrente sistémico para ejercer sus efectos metabólicos en el músculo esquelético, el tejido adiposo y otros órganos diana. Por tanto, la concentración de insulina presente en la sangre no depende exclusivamente de la cantidad producida por el páncreas, sino también de la eficiencia con la que el hígado la elimina de la circulación (Tokarz et al., 2018) [17].

Durante muchos años, la investigación se centró casi exclusivamente en la secreción pancreática, interpretando la hiperinsulinemia como la simple consecuencia de un aumento en la producción de la hormona. Hoy sabemos, en cambio, que la concentración insulínica representa el resultado del equilibrio dinámico entre dos procesos complementarios: por un lado, la secreción de las células β pancreáticas y, por otro, el aclaramiento hepático, es decir, la capacidad del hígado para captar, internalizar y degradar la insulina. La regulación de estos dos mecanismos permite al organismo adaptar continuamente la disponibilidad de la hormona a las demandas metabólicas, evitando tanto concentraciones insuficientes como una exposición excesiva de los tejidos a la insulina (Najjar y Perdomo, 2019) [18].

Esta nueva interpretación encuentra confirmación en los estudios realizados en sujetos obesos sin diabetes. Al analizar individuos con un grado similar de obesidad pero diferente sensibilidad a la insulina, se observó que el primer ajuste metabólico ante la aparición de la resistencia a la insulina no consiste en el aumento de la secreción pancreática, sino en la reducción del aclaramiento insulínico. De hecho, en los sujetos con resistencia a la insulina moderada, la capacidad del hígado para eliminar la insulina ya resultaba significativamente reducida, mientras que la secreción de las células β permanecía prácticamente invariable. Solo en las fases posteriores, cuando la resistencia a la insulina se volvía más marcada, aparecía también un incremento de la producción pancreática de la hormona. Esta observación modifica profundamente la secuencia fisiopatológica tradicionalmente aceptada, sugiriendo que la disminución del aclaramiento representa uno de los eventos más precoces de la adaptación metabólica (Jung et al., 2018) [19].

La reducción del aclaramiento permite, de hecho, aumentar la permanencia de la insulina en la sangre sin imponer inmediatamente un mayor trabajo a las células β pancreáticas. En otras palabras, el organismo logra inicialmente mantener concentraciones circulantes más elevadas simplemente eliminando la hormona más lentamente. Solo cuando esta adaptación ya no resulta suficiente para compensar la creciente resistencia a la insulina, el páncreas se ve obligado a aumentar la secreción insulínica. Esta sucesión de eventos atribuye al hígado un papel mucho más precoz y relevante en la historia natural de la diabetes tipo 2 de lo que se había hipotetizado en el pasado (Jung et al., 2018) [19].

Otras confirmaciones provienen de estudios experimentales que han analizado la relación entre el aclaramiento insulínico y la sensibilidad a la insulina. Aunque confirman la asociación entre obesidad y resistencia a la insulina, estos trabajos han destacado que el parámetro más correlacionado con la sensibilidad insulínica no es la cantidad de tejido adiposo ni la secreción pancreática, sino la capacidad del organismo para eliminar la insulina de la circulación. Un aclaramiento reducido determina, de hecho, una exposición prolongada de los tejidos periféricos a la hormona, favoreciendo la hiperinsulinemia crónica y contribuyendo progresivamente a la aparición de la resistencia a la insulina (Ader et al., 2014) [20].

Incluso durante la prueba de tolerancia oral a la glucosa, el aclaramiento insulínico demuestra ser un proceso altamente dinámico. En los sujetos metabólicamente sanos y en aquellos con tolerancia reducida a la glucosa, el hígado reduce rápidamente la extracción de insulina en los minutos posteriores a la ingesta de glucosa, permitiendo que una mayor cantidad de la hormona llegue a la circulación sistémica justo en el momento de mayor demanda metabólica. Esta adaptación fisiológica coopera con el aumento de la secreción pancreática en el mantenimiento de la normoglucemia. En los pacientes con diabetes tipo 2, en cambio, esta respuesta resulta fuertemente atenuada o incluso ausente, lo que anula uno de los principales mecanismos compensatorios del organismo y contribuye al empeoramiento del control glucémico (Gastaldelli et al., 2021) [21].

La importancia del aclaramiento insulínico ha sido confirmada adicionalmente por sofisticados modelos matemáticos desarrollados mediante clamp hiperglucémico y clamp hiperinsulinémico consecutivos (técnicas experimentales utilizadas para estudiar cómo el organismo regula la glucosa y la insulina). Estos estudios han demostrado que la secreción insulínica, la sensibilidad periférica y el aclaramiento no representan fenómenos independientes, sino tres componentes estrechamente integrados de un único sistema de regulación. Con el deterioro progresivo de la tolerancia a la glucosa disminuyen simultáneamente la sensibilidad insulínica, la capacidad secretora de las células β y el aclaramiento de la insulina. Este último muestra, además, una fuerte asociación con la glucemia posprandial y con la progresión hacia la diabetes tipo 2, lo que sugiere que su alteración puede constituir uno de los biomarcadores más precoces del deterioro metabólico (Ohashi et al., 2015) [22].

En conjunto, estas evidencias delinean una visión profundamente diferente respecto al modelo fisiopatológico tradicional. La concentración de insulina en la sangre no depende exclusivamente de cuánto produce el páncreas, sino también de cuán eficazmente logra el hígado eliminar la hormona antes incluso de que entre en circulación. En las fases iniciales de la resistencia a la insulina, la reducción del aclaramiento hepático representa un refinado mecanismo adaptativo que permite mantener la homeostasis glucémica sin aumentar inmediatamente la secreción pancreática. Sin embargo, cuando esta adaptación se vuelve crónica o disminuye progresivamente, la hiperinsulinemia persistente contribuye a la desensibilización de los tejidos, alimentando un círculo vicioso que causa la resistencia a la insulina y, con el tiempo, el desarrollo de la diabetes mellitus tipo 2.

Impacto de los macronutrientes en la respuesta insulínica

Comprender cómo los diferentes macronutrientes influyen en la respuesta insulínica representa uno de los aspectos más importantes de la fisiología metabólica. Durante muchos años se creyó que la secreción de insulina dependía casi exclusivamente de la cantidad de carbohidratos ingeridos: cuanto mayor fuera la carga glucémica de la comida, mayor sería la producción de insulina necesaria para mantener la glucemia dentro de los límites fisiológicos. Aunque este principio sigue siendo sustancialmente correcto, los conocimientos acumulados en las últimas décadas han demostrado que la realidad es notablemente más compleja. La respuesta insulínica es, de hecho, el resultado de la interacción entre la cantidad y la calidad de los carbohidratos, la presencia de proteínas y grasas, la estructura física de los alimentos, la velocidad del vaciado gástrico, la secreción de hormonas intestinales e incluso la forma en que los alimentos se preparan y consumen. En otras palabras, el páncreas no responde simplemente a los gramos de carbohidratos presentes en el plato, sino que interpreta la comida como un conjunto de señales metabólicas que modulan profundamente su actividad (Wolever y Bolognesi, 1996) [23]; (Alsalim et al., 2016) [27].

Los carbohidratos siguen siendo, no obstante, el principal determinante de la respuesta insulínica, ya que representan el único macronutriente convertido directa y rápidamente en glucosa durante la digestión. Sin embargo, su influencia no depende solo de la cantidad ingerida. Estudios realizados con comidas mixtas han demostrado que dos comidas que contienen la misma cantidad de carbohidratos pueden producir respuestas glucémicas e insulínicas profundamente diferentes cuando difieren en su índice glucémico. Al analizar alimentos comunes como el pan, la pasta, los cereales, la avena y la cebada, se observó que la simple cantidad de carbohidratos no es capaz de predecir con precisión la respuesta metabólica, mientras que la asociación entre los gramos de carbohidratos y el índice glucémico explica aproximadamente el 90% de la variabilidad tanto de la glucemia como de la insulinemia posprandial. De ello se deduce que no todos los carbohidratos imponen al páncreas el mismo trabajo: la calidad de la fuente glucídica es al menos tan importante como su cantidad (Wolever y Bolognesi, 1996) [23].

Incluso la relación entre la cantidad de carbohidratos y la necesidad de insulina resultó ser más compleja de lo que se pensaba. Durante muchos años, el conteo de carbohidratos se basó en la hipótesis de una relación lineal: duplicar los carbohidratos requeriría simplemente el doble de insulina. Estudios experimentales han demostrado, por el contrario, que al aumentar la carga glucémica, la exposición a la glucemia posprandial crece según una tendencia exponencial y no lineal. Por encima de una determinada cantidad de carbohidratos, la respuesta glucémica aumenta mucho más rápidamente en comparación con el incremento de comida ingerida, lo que indica que también la necesidad de insulina crece de manera desproporcionada. Este fenómeno ayuda a comprender por qué las comidas particularmente ricas en carbohidratos determinan a menudo marcados picos glucémicos seguidos de una demanda insulínica elevada y prolongada (Marran et al., 2013) [24].

Si los carbohidratos representan el principal estímulo de la secreción insulínica, las proteínas y las grasas ejercen, por el contrario, una importante acción moduladora. Numerosos estudios han demostrado que la adición de estos macronutrientes a los carbohidratos atenúa significativamente el aumento de la glucemia posprandial, aunque a través de mecanismos diferentes. Las proteínas, gracias a los aminoácidos derivados de la digestión, estimulan directamente la secreción insulínica y mejoran la capacidad de las células β para responder al aumento de la glucemia. Las grasas, en cambio, actúan predominantemente ralentizando el vaciado gástrico y distribuyendo en el tiempo la absorción de la glucosa, reduciendo así el pico glucémico inicial. Aunque ambos nutrientes contribuyen al control metabólico, las proteínas han demostrado ser de dos a tres veces más eficaces que las grasas para limitar la respuesta glucémica a igualdad de cantidad ingerida (Moghaddam et al., 2006) [25].

Es interesante observar que la eficacia de estos mecanismos no es idéntica en todos los individuos. En los sujetos con hiperinsulinemia o con mayor adiposidad abdominal, el efecto hipoglucemiante de las grasas tiende a reducirse progresivamente, mientras que el de las proteínas parece influido sobre todo por la circunferencia de la cintura y el consumo habitual de fibra alimentaria. Una alimentación rica en fibra parece, de hecho, amplificar la capacidad de las proteínas para mejorar la respuesta glucémica, probablemente a través de modificaciones de la microbiota intestinal y de la secreción de las hormonas incretinas. Estos resultados confirman que la respuesta insulínica no depende solo de la composición de la comida individual, sino también de las características metabólicas del individuo y del modelo alimentario seguido a lo largo del tiempo (Moghaddam et al., 2006) [25].

La importancia de la composición global de la comida emerge aún más claramente cuando los carbohidratos, las proteínas y las grasas se consumen simultáneamente. En un estudio realizado en sujetos sanos y pacientes con diabetes tipo 2, el consumo de una comida mixta determinó excursiones glucémicas significativamente inferiores en comparación con la ingesta de glucosa sola. Tal beneficio no dependía exclusivamente de una mayor secreción insulínica, sino de la activación simultánea de múltiples mecanismos fisiológicos: incremento de la función de las células β, reducción del aclaramiento hepático de la insulina, aumento de la secreción de GIP y GLP-1 (dos hormonas incretinas principales, producidas por el intestino sobre todo en respuesta a la ingesta de nutrientes), ralentización del vaciado gástrico y modulación de la respuesta del glucagón (hormona producida principalmente por las células α (alfa) del páncreas para contribuir a mantener la glucemia). El organismo, por tanto, no controla la glucemia a través de un único mecanismo, sino mediante una red coordinada de adaptaciones endocrinas y gastrointestinales (Alsalim et al., 2016) [27].

Estas observaciones encuentran confirmación también en estudios realizados utilizando comidas a base de arroz blanco. Cuando el arroz se consumía solo, producía un índice glucémico muy elevado; por el contrario, la adición simultánea de pechuga de pollo, aceite de cacahuete y verduras reducía casi a la mitad la respuesta glucémica, sin requerir un incremento proporcional de la secreción insulínica. Las proteínas favorecían una respuesta insulínica más eficiente, las grasas ralentizaban la digestión del almidón y las verduras contribuían adicionalmente a limitar la velocidad de absorción de la glucosa. La combinación de los tres componentes producía un efecto sinérgico, demostrando que la calidad metabólica de una comida depende de la interacción entre todos sus constituyentes y no de la simple presencia de un alimento rico en carbohidratos (Sun et al., 2014) [26].

Junto a la composición de los macronutrientes, también la estructura física de los alimentos desempeña un papel sorprendentemente importante. Estudios experimentales han demostrado que las verduras consumidas en su forma íntegra reducen significativamente la respuesta glucémica cuando se asocian a comidas ricas en almidón, mientras que el mismo efecto desaparece casi por completo si dichas verduras se homogeneizan. La destrucción de la matriz vegetal facilita, de hecho, el acceso de las enzimas digestivas al almidón, acelerando su hidrólisis (reacción química que sirve para descomponer moléculas complejas en moléculas más simples, haciéndolas utilizables por el organismo) y su posterior absorción. Esto significa que no solo cuenta qué se come, sino también cómo está estructurado el alimento. Las paredes celulares íntegras, las fibras insolubles y la consistencia natural de los alimentos constituyen una verdadera barrera física que ralentiza la digestión de los carbohidratos y atenúa la demanda insulínica posprandial (Zhu et al., 2018) [28].

Un concepto análogo emerge de los estudios realizados sobre el consumo de brócoli junto con puré de patatas. La asociación con brócoli entero reduce significativamente tanto el pico glucémico como la respuesta insulínica inicial, mientras que la adición de solo las fibras extraídas del brócoli o de celulosa no produce ningún beneficio relevante. Este resultado demuestra que la ventaja metabólica no deriva exclusivamente del contenido de fibra, sino de la compleja matriz alimentaria del vegetal, en la cual las fibras, el agua, las paredes celulares y los compuestos bioactivos cooperan para ralentizar la digestión del almidón y distribuir más gradualmente la absorción de la glucosa (Ballance et al., 2018) [29].

Estas evidencias modifican profundamente la forma de interpretar el papel de los carbohidratos en la regulación insulínica. El problema no reside exclusivamente en su presencia, sino sobre todo en la velocidad con la que la glucosa alcanza la circulación y en la capacidad de la comida para modular este proceso. La integración de proteínas, grasas saludables y verduras dentro de la misma comida permite reducir las excursiones glucémicas, limitar la cantidad de insulina necesaria y distribuir más fisiológicamente la respuesta endocrina en el tiempo. Como consecuencia, un alimento de elevado índice glucémico incluido dentro de una comida equilibrada puede producir efectos metabólicos profundamente diferentes respecto al mismo alimento consumido de forma aislada (Sun et al., 2014) [26]; (Zhu et al., 2018) [28]; (Ballance et al., 2018) [29].

Las implicaciones clínicas de estos resultados son particularmente relevantes. Estudios de intervención han demostrado que una reducción moderada del aporte de carbohidratos, compensada por un aumento de proteínas y grasas de buena calidad, mejora significativamente el control glucémico, reduce las excursiones posprandiales, disminuye la secreción insulínica necesaria para controlar la glucemia y mejora la función de las células β pancreáticas. Paralelamente, aumenta la saciedad, se reduce la glucotoxicidad crónica (conjunto de efectos dañinos provocados por niveles de glucosa en sangre crónicamente elevados) y mejora la eficiencia de la respuesta insulínica (Skytte et al., 2021) [30].

Resultados análogos se han observado también en el ámbito de la dieta mediterránea, cuando esta se modifica oportunamente reduciendo moderadamente los carbohidratos, aumentando las proteínas y privilegiando los ácidos grasos monoinsaturados, en particular los derivados del aceite de oliva virgen extra. En sujetos con sobrepeso u obesidad, este enfoque mejora no solo la glucemia en ayunas, sino también la regulación posprandial de la glucosa, reduce la insulinemia, incrementa la sensibilidad insulínica y favorece un mejor funcionamiento del tejido adiposo. Esto sugiere que la calidad global de la distribución de los macronutrientes puede influir favorablemente en el metabolismo incluso independientemente de la simple restricción calórica (Gioxari et al., 2022) [31].

Por tanto, las revisiones más recientes de la literatura confirman que los carbohidratos representan el principal determinante de la glucemia posprandial y, en consecuencia, de la necesidad de insulina. Sin embargo, emerge con igual claridad que el control metabólico no depende exclusivamente de su cantidad. La calidad de los carbohidratos, su índice glucémico, la presencia de fibra, la composición de la comida y la interacción con proteínas y grasas representan variables igualmente determinantes. Una correcta planificación de las comidas permite, por tanto, reducir la variabilidad glucémica, limitar la hiperinsulinemia crónica y aligerar la carga funcional impuesta a las células β pancreáticas, contribuyendo al mantenimiento de la homeostasis metabólica a largo plazo (Lennerz et al., 2021) [32].

Valores de glucemia y riesgos para la salud Glucemia plasmática en ayunas (FPG)

La glucemia plasmática en ayunas (Fasting Plasma Glucose, FPG) representa una de las herramientas más utilizadas para evaluar el estado del metabolismo de la glucosa. Medida tras al menos ocho horas de ayuno y realizada generalmente en las primeras horas de la mañana, expresa la concentración de glucosa presente en el plasma en una condición de equilibrio metabólico, en la cual el organismo no recibe nutrientes del exterior y el mantenimiento de la glucemia depende casi exclusivamente de la producción hepática de glucosa y de la acción de la insulina secretada a nivel basal. Precisamente por su sencillez, bajo coste y elevada reproducibilidad, la FPG ha sido incluida entre los cuatro criterios diagnósticos internacionales de la diabetes mellitus. Según los Estándares de Atención 2026 de la American Diabetes Association, los valores inferiores a 100 mg/dL se consideran normales, una glucemia comprendida entre 100 y 125 mg/dL identifica una condición de glucemia basal alterada (Impaired Fasting Glucose, IFG), mientras que valores iguales o superiores a 126 mg/dL, confirmados en ausencia de síntomas mediante una segunda determinación o una prueba diagnóstica diferente, permiten establecer el diagnóstico de diabetes mellitus (American Diabetes Association, 2026) [33].

Aunque la glucemia en ayunas representa un indicador extremadamente útil en la práctica clínica, es importante comprender su significado fisiológico real. Este parámetro no describe, de hecho, todo el metabolismo de la glucosa, sino que proporciona una fotografía instantánea del equilibrio entre la producción hepática de glucosa y la capacidad de la insulina para limitarla durante el ayuno. Numerosos factores pueden modificar temporalmente su valor, entre ellos el estrés físico o psicológico, una infección aguda, la actividad física realizada en los días previos, algunos fármacos e incluso las modalidades de recogida y conservación de la muestra hemática. Por este motivo, una única medición, sobre todo cuando está próxima a los límites diagnósticos, no es suficiente para describir con precisión el estado metabólico de un individuo y requiere frecuentemente una confirmación mediante pruebas adicionales (American Diabetes Association, 2026) [33].

En los últimos años, además, ha surgido un concepto destinado a modificar profundamente la forma de interpretar la glucemia en ayunas: el riesgo metabólico y cardiovascular no aparece repentinamente al superar los umbrales diagnósticos, sino que aumenta progresivamente a lo largo de un continuo. Un estudio longitudinal realizado en la población china ha demostrado, de hecho, que el riesgo de aterosclerosis comienza a aumentar ya en presencia de valores de glucemia en ayunas de alrededor de 5,10 mmol/L (aproximadamente 92 mg/dL), una concentración netamente inferior al límite de 100 mg/dL utilizado para definir la glucemia basal alterada. Los sujetos que mantenían en el tiempo niveles glucémicos compatibles con la prediabetes presentaban una prevalencia de riesgo aterosclerótico más que duplicada y una mayor incidencia de nuevos eventos cardiovasculares. Aún más interesante es la observación de que dicho umbral resultaba inferior en las mujeres y en los individuos más jóvenes, lo que sugiere que el daño vascular puede comenzar mucho antes de lo indicado por los criterios diagnósticos actuales (Li et al., 2026) [34].

Otra observación particularmente relevante se refiere a la dinámica de la glucemia en el tiempo. Tradicionalmente, la atención clínica se ha centrado sobre todo en el valor absoluto de la glucemia en ayunas; sin embargo, un amplio estudio de cohortes realizado en más de 260.000 adultos coreanos ha demostrado que también la velocidad con la que aumenta la glucemia representa un potente indicador pronóstico. Los sujetos que, en el transcurso de pocos años, pasaban de la normoglucemia a la glucemia basal alterada mostraban ya un incremento de la mortalidad por todas las causas, mientras que aquellos que evolucionaban rápidamente hacia valores compatibles con la diabetes presentaban un aumento significativo del riesgo de ictus y de muerte. Del mismo modo, en los sujetos que ya se encontraban en condición de prediabetes, la progresión hacia valores diabéticos se asociaba a un marcado incremento del riesgo de infarto de miocardio y mortalidad general. Estos resultados indican que no es solo el valor de la glucemia lo que determina el riesgo cardiovascular, sino también la rapidez con la que se deteriora la homeostasis de la glucosa. La glucemia en ayunas adquiere, por tanto, un significado dinámico: su evolución en el tiempo puede proporcionar información pronóstica incluso más importante que la medición aislada (Lee et al., 2018) [35].

A pesar de su gran utilidad, la glucemia en ayunas presenta límites diagnósticos que es fundamental conocer. Un importante estudio multicéntrico realizado en África subsahariana, al comparar la FPG con la prueba OGTT (una prueba que evalúa la capacidad del organismo para gestionar una carga oral de 75 g de glucosa), ha puesto de manifiesto que el uso exclusivo de la glucemia en ayunas habría supuesto la falta de identificación de casi el 44% de los sujetos con diabetes y de más de un tercio de los casos de prediabetes. Aunque muestra una especificidad extremadamente elevada, la FPG posee, de hecho, una sensibilidad relativamente modesta, sobre todo en mujeres, ancianos y sujetos no obesos, categorías en las que la alteración del metabolismo de la glucosa tiende frecuentemente a manifestarse inicialmente a través de un aumento de la glucemia posprandial más que de la glucemia en ayunas. Esto significa que un valor normal de FPG no excluye necesariamente la presencia de un compromiso metabólico ya en curso y que, en los sujetos de riesgo, a menudo es oportuno integrar este examen con otras herramientas diagnósticas (Baye et al., 2025) [36].

En conjunto, la glucemia plasmática en ayunas representa un examen sencillo, económico y de gran valor clínico, capaz de proporcionar información fundamental sobre el metabolismo basal de la glucosa e identificar precozmente a muchos sujetos en riesgo de diabetes. Sin embargo, las evidencias más recientes muestran claramente que el riesgo metabólico y cardiovascular se desarrolla a lo largo de un continuo y que una única medición no siempre es suficiente para describir la exposición efectiva del organismo a la hiperglucemia. Para obtener una evaluación más completa, resulta necesario complementar la glucemia en ayunas con otros indicadores capaces de reflejar el control glucémico en el tiempo. Entre ellos, el parámetro hoy más utilizado es la hemoglobina glicosilada (HbA1c), que permite estimar la exposición media de los tejidos a la glucosa en los dos o tres meses anteriores, ofreciendo una perspectiva complementaria e indispensable a la simple medición de la glucemia basal.

Hemoglobina glucosilada (HbA1c)

Si la glucemia plasmática en ayunas puede compararse con una fotografía que inmortaliza el metabolismo de la glucosa en un instante preciso, la hemoglobina glicosilada (HbA1c) se asemeja más bien a una película que narra lo que ha ocurrido en el transcurso de los últimos dos o tres meses. Este parámetro deriva, de hecho, de la glicación no enzimática de la hemoglobina presente en los glóbulos rojos (el proceso mediante el cual la glucosa presente en la sangre se une espontáneamente a la hemoglobina): cuanto más tiempo permanece elevada la glucosa en la sangre, mayor será la proporción de hemoglobina que se modifica. Dado que los eritrocitos tienen una vida media de unos 120 días, el porcentaje de HbA1c refleja la exposición media del organismo a la glucosa durante los meses anteriores, ofreciendo una medida mucho más estable que la glucemia en ayunas aislada. A diferencia de esta última, además, no requiere ayuno, presenta una menor variabilidad biológica diaria y está menos influenciada por las fluctuaciones agudas del estilo de vida o por eventos ocasionales, características que han favorecido su progresiva introducción entre los criterios diagnósticos internacionales de la diabetes. Sin embargo, persisten algunas condiciones clínicas, como anemia, hemoglobinopatías, insuficiencia renal, embarazo y alteraciones del recambio eritrocitario, que pueden modificar su precisión y requieren, por tanto, una correcta interpretación del resultado (American Diabetes Association, 2026) [33]; (Kharroubi et al., 2014) [37].

Esta distinta naturaleza fisiológica explica por qué la glucemia en ayunas y la HbA1c no deben considerarse alternativas, sino complementarias. La primera mide el delicado equilibrio entre la producción hepática de glucosa y la secreción insulínica basal en un momento específico del día; la segunda, en cambio, integra miles de oscilaciones glucémicas que ocurren durante semanas de vida cotidiana, abarcando tanto los periodos de ayuno como las respuestas a las comidas. Como consecuencia, dos individuos pueden presentar una glucemia en ayunas casi idéntica pero valores de HbA1c diferentes, simplemente porque durante el resto del día experimentan exposiciones a la glucosa profundamente distintas. En este sentido, la HbA1c representa un indicador de la calidad global del control glucémico y de la persistencia de la hiperglucemia, ofreciendo información que una sola determinación de la glucemia no es capaz de proporcionar.

Precisamente gracias a estas características, en los últimos años la HbA1c ha asumido un papel cada vez más relevante en el cribado y el diagnóstico de la diabetes mellitus tipo 2. Sin embargo, las numerosas investigaciones realizadas en poblaciones diferentes demuestran cómo sus prestaciones diagnósticas dependen fuertemente del valor umbral adoptado. Una vasta revisión sistemática con metaanálisis que incluyó 37 estudios puso de manifiesto que el tradicional punto de corte del 6,5%, actualmente recomendado por las guías internacionales, posee una especificidad extremadamente elevada (97,3%), resultando por tanto muy eficaz para confirmar el diagnóstico cuando la prueba es positiva. La sensibilidad, sin embargo, se queda en el 50%, lo que indica que aproximadamente uno de cada dos sujetos diabéticos podría no ser identificado en las fases iniciales de la enfermedad. Los autores observaron que, al bajar el umbral a cerca del 6,03%, la sensibilidad aumentaría considerablemente, manteniendo al mismo tiempo una buena especificidad, lo que sugiere que el valor tradicional del 6,5% fue elegido privilegiando la certeza diagnóstica frente a la capacidad de detectar precozmente todos los casos (Kaur et al., 2020) [38].

Observaciones análogas surgen también de estudios realizados en diferentes grupos étnicos. En una población árabe palestina, por ejemplo, el valor umbral que garantizaba el mejor equilibrio entre sensibilidad y especificidad resultó ser del 6,3%; sin embargo, los autores consideraron oportuno mantener el punto de corte internacional del 6,5%, ya que la mayor especificidad reduce el riesgo de formular diagnósticos erróneos. Aún más interesante fue la constatación de que la HbA1c y la glucemia en ayunas identificaban solo una parte común de los sujetos diabéticos, mientras que la concordancia resultaba particularmente baja en el diagnóstico de la prediabetes. Esto confirma cómo cada prueba explora aspectos diferentes de la fisiopatología del metabolismo de la glucosa y cómo ninguna de las dos, utilizada de forma aislada, es capaz de identificar a toda la población en riesgo (Kharroubi et al., 2014) [37].

También las implicaciones epidemiológicas del uso de la HbA1c resultan extremadamente relevantes. Una encuesta representativa de la población canadiense demostró que el empleo de este parámetro permite identificar un número significativamente mayor de personas con diabetes no diagnosticada previamente en comparación con la glucemia en ayunas sola. Además, los sujetos identificados a través de la HbA1c tendían a ser, de media, más jóvenes y menos obesos que aquellos identificados mediante la glucemia en ayunas sola, lo que sugiere que este biomarcador puede detectar alteraciones metabólicas persistentes en una fase relativamente precoz de su evolución. Si bien esta característica amplía las oportunidades de prevención, por otro lado aumenta inevitablemente el número de personas candidatas a programas de seguimiento e intervención, con importantes repercusiones organizativas para los sistemas sanitarios (Rosella et al., 2015) [39].

El aspecto probablemente más interesante de la HbA1c se refiere, sin embargo, a su capacidad pronóstica. De hecho, no es suficiente identificar un elevado número de sujetos con prediabetes; es igual de importante comprender cuáles de ellos desarrollarán realmente la diabetes en los años siguientes. En una amplia cohorte prospectiva de casi 18.000 adultos coreanos seguidos durante más de cinco años, los sujetos clasificados como prediabéticos sobre la base de la HbA1c mostraban una probabilidad significativamente mayor de evolucionar hacia la diabetes en comparación con aquellos identificados exclusivamente mediante la glucemia en ayunas; por tanto, aun seleccionando una cuota inferior de individuos, la HbA1c identificaba a una población biológicamente más vulnerable. Desde el punto de vista fisiopatológico, este resultado parece plausible, ya que la HbA1c integra las excursiones glucémicas de todo el día, incluidas las postprandiales, proporcionando una representación más fiel del compromiso progresivo de la función de las células β y del aumento de la resistencia a la insulina (Kim et al., 2016) [40].

Una conclusión análoga surge de un estudio prospectivo con más de once años de seguimiento, en el cual la HbA1c se comparó con la glucemia a las dos horas de la prueba de tolerancia oral a la glucosa (PTOG). Aunque esta última se confirmó como el mejor predictor absoluto del desarrollo de diabetes en la población general, la HbA1c mostró prestaciones muy similares en los sujetos con obesidad abdominal, en los cuales la sensibilidad de la prueba aumenta considerablemente. Los autores destacaron además cómo la PTOG y la HbA1c no identifican necesariamente a los mismos individuos: la glucemia tras la carga refleja sobre todo una alteración precoz de la función de las células β pancreáticas y de la sensibilidad insulínica periférica, mientras que la HbA1c describe la exposición crónica a la hiperglucemia. Una vez más surge, por tanto, un concepto fundamental: ninguna prueba, considerada de forma aislada, es capaz de describir completamente la complejidad del metabolismo de la glucosa (Yoo et al., 2020) [41].

En conjunto, la hemoglobina glicosilada ha modificado profundamente la forma de evaluar la salud metabólica, desplazando la atención de la simple medición de la glucemia en un momento determinado a la exposición crónica de los tejidos a la glucosa. Aunque ofrece importantes ventajas en términos de practicidad, estabilidad analítica y capacidad pronóstica, no sustituye completamente a los otros marcadores glucémicos, ya que cada uno de ellos describe aspectos diferentes de la fisiopatología de la diabetes. Una evaluación realmente completa requiere, por tanto, la integración de múltiples herramientas diagnósticas. Entre ellas, la prueba que mejor explora la capacidad del organismo para gestionar una carga de glucosa y que permite identificar alteraciones metabólicas a menudo aún invisibles tanto para la glucemia en ayunas como para la HbA1c es la glucemia plasmática medida dos horas después de la prueba de tolerancia oral a la glucosa, tema del próximo subapartado.

Glucemia plasmática a las 2 horas (2hPG - OGTT)

Si la glucemia en ayunas describe el equilibrio metabólico en condiciones basales y la hemoglobina glucosilada refleja la exposición crónica del organismo a la glucosa, la glucemia plasmática medida dos horas después de una carga oral de 75 gramos de glucosa (2-hour Plasma Glucose, 2hPG) evalúa, por el contrario, la capacidad del organismo para afrontar un verdadero desafío metabólico. Durante la prueba de tolerancia oral a la glucosa (Oral Glucose Tolerance Test, OGTT), el sistema de regulación glucémica se somete a un aumento repentino de la disponibilidad de glucosa, lo que requiere una intervención rápida y coordinada de las células β pancreáticas, de los tejidos periféricos insulinosensibles y del hígado. La glucemia medida dos horas después de la carga representa, por tanto, un indicador dinámico de la salud metabólica, ya que refleja simultáneamente la capacidad de secreción de insulina, la sensibilidad de los tejidos a la insulina, la supresión de la producción hepática de glucosa y la captación periférica de glucosa, sobre todo a nivel muscular. A diferencia de la glucemia en ayunas, que observa el metabolismo en una situación de equilibrio, la OGTT evalúa cómo reacciona el organismo ante una condición de mayor demanda funcional (simulando de hecho la respuesta metabólica de una comida), revelando alteraciones que pueden permanecer completamente invisibles en las condiciones basales (Zhang et al., 2025) [42].

Esta característica explica por qué la glucemia poscarga suele ser capaz de identificar alteraciones metabólicas muy precoces. En las fases iniciales de la historia natural de la diabetes, de hecho, muchos individuos mantienen todavía una glucemia en ayunas y una hemoglobina glucosilada aparentemente dentro de los parámetros considerados normales, a pesar de haber desarrollado ya una capacidad reducida para gestionar una carga glucídica. En estos sujetos, la primera manifestación de la pérdida progresiva de la función β-celular y del aumento de la resistencia insulínica periférica está representada precisamente por el incremento excesivo de la glucemia después de la comida o después de la prueba de carga. La OGTT permite, por tanto, interceptar una fase de deterioro metabólico que precede frecuentemente a las alteraciones detectables mediante los otros dos marcadores glucémicos principales.

Las evidencias disponibles muestran, de hecho, que los sujetos en riesgo, identificados a través de la OGTT, presentan un perfil metabólico significativamente más comprometido en comparación con aquellos clasificados exclusivamente mediante HbA1c. En un estudio realizado en la población de Catar, la concordancia entre la HbA1c y la OGTT en el diagnóstico de la prediabetes resultó modesta, con menos del 60% de los participantes clasificados de la misma manera por ambas pruebas. Aún más importante, los sujetos identificados mediante OGTT mostraban una función de las células β pancreáticas significativamente más comprometida, una mayor prevalencia de síndrome metabólico, un perfil metabólico globalmente peor y una probabilidad más elevada de desarrollar diabetes en comparación con los sujetos clasificados como prediabéticos exclusivamente sobre la base de la HbA1c. Por el contrario, muchos individuos positivos solo a la HbA1c presentaban una función β-celular sustancialmente conservada, lo que sugiere que los dos exámenes no identifican simplemente poblaciones diferentes, sino también estadios distintos de la evolución fisiopatológica de la enfermedad (Iskandar et al., 2019) [43].

Resultados superponibles se han observado también en una cohorte de pacientes tailandeses con alto riesgo metabólico. En esta población, la OGTT identificó una prevalencia de disglicemia (una condición caracterizada por una regulación alterada de los niveles de glucosa en sangre) netamente superior en comparación con la HbA1c: esto significa que era muy fiable cuando resultaba positiva (alcanzando el valor indicativo del 6,5%), pero dejaba sin diagnosticar a una cuota considerable de sujetos que ya padecían alteraciones del metabolismo glucídico con valores inferiores. Los autores subrayan cómo esta limitada sensibilidad es particularmente relevante en las poblaciones asiáticas, en las cuales las alteraciones de la glucemia posprandial representan a menudo la primera manifestación del deterioro metabólico. Retrasar el diagnóstico significa, por tanto, perder una valiosa ventana temporal durante la cual las intervenciones en el estilo de vida resultan particularmente eficaces para prevenir la progresión hacia la diabetes manifiesta (Thewjitcharoen et al., 2019) [44].

No todos los estudios, sin embargo, han evidenciado una neta superioridad de un único parámetro. En una vasta población asiática multiétnica residente en Singapur, la HbA1c y la glucemia en ayunas mostraron prestaciones globalmente superponibles como pruebas de primer nivel para el cribado de la diabetes. Los autores observaron, no obstante, que la integración de ambos exámenes mejoraba significativamente la identificación de los sujetos con diabetes y prediabetes en comparación con el uso de un único marcador. En particular, un valor de HbA1c igual o superior al 6,1%, seguido de la evaluación de la glucemia en ayunas en los sujetos positivos, permitía identificar a una población caracterizada por una altísima prevalencia de diabetes o alteraciones de la tolerancia a la glucosa documentadas mediante OGTT. Esto confirma cómo la evaluación del metabolismo glucídico se beneficia de un enfoque integrado, en el cual cada prueba contribuye a describir aspectos diferentes de la fisiopatología de la enfermedad (Lim et al., 2018) [45].

La evidencia probablemente más importante a favor de la glucemia poscarga proviene, sin embargo, de un reciente estudio prospectivo realizado en más de 14.000 adultos estadounidenses seguidos durante casi diez años. Cuando la glucemia en ayunas, la HbA1c y la glucemia a las dos horas se consideraban por separado, los tres parámetros resultaban asociados a un aumento de la mortalidad total y cardiovascular. Sin embargo, una vez analizados simultáneamente en el mismo modelo estadístico, solo la glucemia plasmática a las dos horas mantenía un valor pronóstico independiente para ambos desenlaces clínicos. La glucemia en ayunas perdía completamente la significación estadística, mientras que la HbA1c conservaba solo una limitada capacidad predictiva de la mortalidad cardiovascular en condiciones específicas. Según los autores, este resultado indica que la respuesta glucémica después de una carga oral de glucosa encierra información fisiopatológica que no es capturada completamente ni por la glucemia basal ni por la HbA1c. La 2hPG integra, de hecho, la función de las células β pancreáticas, la sensibilidad insulínica periférica, la capacidad del hígado para suprimir la producción de glucosa y la rapidez con la que los tejidos periféricos eliminan la glucosa del torrente sanguíneo, representando probablemente el parámetro más completo para describir la salud metabólica global (Zhang et al., 2025) [42].

En conjunto, la glucemia plasmática a las dos horas representa mucho más que un simple criterio diagnóstico de la diabetes. Constituye una verdadera prueba funcional de la capacidad del organismo para mantener la homeostasis glucídica en respuesta a un estímulo metabólico intenso, permitiendo identificar alteraciones fisiopatológicas a menudo todavía invisibles para la glucemia en ayunas y la hemoglobina glucosilada. Si la glucemia basal describe el metabolismo en condiciones de reposo y la HbA1c cuenta la historia glucémica de los meses anteriores, la glucemia a las dos horas revela cómo reacciona el sistema metabólico ante un desafío real. Es precisamente esta capacidad de poner en evidencia los primeros signos de disfunción metabólica lo que explica su elevado valor pronóstico y el papel central que sigue ocupando en la evaluación del riesgo de diabetes, de enfermedades cardiovasculares y de mortalidad. El creciente interés científico hacia el diagnóstico aún más precoz de las alteraciones de la regulación glucémica ha llevado finalmente la atención hacia un parámetro emergente: la glucemia plasmática medida solo una hora después de la carga oral de glucosa (1hPG), que numerosas evidencias recientes indican como un potencial biomarcador aún más sensible de las primerísimas fases del deterioro metabólico.

Glucemia plasmática a 1 hora (1hPG)

Durante muchos años, la evaluación del metabolismo de la glucosa se ha centrado principalmente en tres parámetros: la glucemia en ayunas, la hemoglobina glucosilada y la glucemia medida dos horas después de la prueba de tolerancia oral a la glucosa. Sin embargo, en los últimos años, un número creciente de estudios ha puesto de manifiesto que una parte importante de las alteraciones metabólicas sigue escapando a estos criterios diagnósticos tradicionales. De esta observación nació el interés por la glucemia plasmática medida una hora después de la ingesta de 75 gramos de glucosa (1-hour Plasma Glucose, 1hPG), un parámetro que parece detectar el deterioro de la regulación glucémica en una fase aún más temprana. La importancia de esta evidencia es tal que, en 2024, la International Diabetes Federation (IDF) publicó una Declaración de Posición específica proponiendo la integración de la glucemia a una hora entre las herramientas para la identificación de la hiperglucemia intermedia y la diabetes mellitus tipo 2. Según este documento, una glucemia a una hora igual o superior a 155 mg/dL (8,6 mmol/L) identifica a sujetos aparentemente normoglucémicos pero ya expuestos a un riesgo significativamente mayor de progresión hacia la diabetes, mientras que valores iguales o superiores a 209 mg/dL (11,6 mmol/L) resultan altamente indicativos de diabetes manifiesta y requieren confirmación mediante una segunda prueba diagnóstica (Bergman et al., 2024) [46].

Desde el punto de vista fisiopatológico, la glucemia a una hora posee características que la distinguen claramente de otros marcadores glucémicos. De hecho, refleja la respuesta metabólica inmediata a la carga de glucosa, integrando simultáneamente la secreción insulínica de primera fase, la sensibilidad periférica a la insulina, la capacidad funcional de las células β pancreáticas y la rapidez con la que el organismo elimina la glucosa del torrente sanguíneo. Precisamente estos mecanismos representan los primeros componentes en deteriorarse durante la progresión hacia la diabetes tipo 2. En consecuencia, la glucemia a una hora tiende a aumentar cuando la glucemia en ayunas, la HbA1c e incluso la glucemia a las dos horas siguen estando dentro de los límites de la normalidad. Un metaanálisis reciente que incluyó a más de 35.500 participantes pertenecientes a diferentes grupos étnicos confirmó que la glucemia a una hora correlaciona más estrechamente con la sensibilidad insulínica, el índice de Matsuda (un parámetro utilizado para estimar la sensibilidad del organismo a la insulina a partir de los valores de glucosa e insulina medidos durante una OGTT) y la función β-celular en comparación con los marcadores glucémicos convencionales, lo que explica por qué representa uno de los indicadores más precoces del inicio de la pérdida de la homeostasis glucémica (Ahuja et al., 2021) [47]; (Bergman et al., 2024) [46].

El mismo metaanálisis definió además con gran precisión el rendimiento diagnóstico de la glucemia a una hora. Al analizar 15 estudios observacionales y 2.705 nuevos casos de diabetes diagnosticados mediante OGTT, los autores identificaron tres posibles valores umbral, señalando el valor de 11,6 mmol/L (209 mg/dL) como el mejor compromiso entre sensibilidad y especificidad. Con este punto de corte, la glucemia a una hora identificaba el 92% de los casos de diabetes; resulta especialmente interesante la observación de que muchos de los sujetos clasificados aparentemente como falsos positivos presentaban ya una tolerancia alterada a la glucosa y un elevado riesgo metabólico, lo que sugiere que la glucemia a una hora puede detectar una fase biológicamente muy temprana de la enfermedad, anterior a los criterios diagnósticos convencionales (Ahuja et al., 2021) [47].

Las evidencias longitudinales refuerzan aún más esta interpretación. En un estudio que incluyó a más de 1.300 individuos inicialmente normoglucémicos, seguidos durante más de cinco años, la glucemia a una hora resultó ser el mejor predictor de la futura aparición tanto de prediabetes como de diabetes, superando claramente a la glucemia en ayunas, la glucemia a las dos horas e incluso a la hemoglobina glucosilada. Aún más significativo es el hecho de que la adición de los otros parámetros glucémicos no mejorara la capacidad predictiva de la glucemia a una hora, lo que sugiere que esta ya contiene la mayor parte de la información pronóstica proporcionada por toda la prueba de tolerancia. Desde el punto de vista fisiopatológico, esto parece coherente con el hecho de que el valor glucémico registrado después de una hora representa el momento en el que la respuesta insulínica precoz y la sensibilidad periférica son puestas a prueba en mayor medida (Sai Prasanna et al., 2017) [48].

Se han observado resultados análogos al comparar directamente la glucemia a una hora con la HbA1c. En un estudio realizado en sujetos con alto riesgo metabólico, una glucemia a una hora igual o superior a 155 mg/dL mostró una concordancia con la prueba de referencia (OGTT) aproximadamente cuatro veces superior en comparación con los criterios diagnósticos basados en la HbA1c. La capacidad discriminante también resultó significativamente mejor, mientras que las correlaciones con la sensibilidad insulínica, la función secretora de las células β y la glucemia a las dos horas fueron decididamente más fuertes que con la hemoglobina glucosilada. Estos resultados confirman que la glucemia a una hora describe con mayor fidelidad las alteraciones fisiopatológicas iniciales que caracterizan la progresión hacia la diabetes, mientras que la HbA1c tiende a reflejar una fase ya más avanzada y estable de la disglicemia (Jagannathan et al., 2016) [49].

Las evidencias más recientes confirman aún más este cambio de perspectiva. En una amplia cohorte brasileña que incluyó casi 1.800 pruebas de tolerancia oral a la glucosa, la glucemia a una hora identificó un 27,8% más de casos de hiperglucemia intermedia o diabetes en comparación con la glucemia en ayunas, un 26,7% más que la HbA1c y un 16,8% más que la glucemia a las dos horas (Castro et al., 2025) [50].

En su conjunto, estas evidencias delinean un cambio sustancial en la evaluación de la salud metabólica. Si la glucemia en ayunas describe el metabolismo basal, la hemoglobina glucosilada documenta la exposición crónica a la glucosa y la glucemia a las dos horas evalúa la capacidad del organismo para recuperarse tras una carga de glucosa, la glucemia a una hora parece detectar el momento en el que el sistema metabólico comienza a perder su eficiencia funcional. Precisamente esta capacidad de identificar alteraciones aún reversibles ha llevado a la International Diabetes Federation a proponer su integración en los futuros criterios diagnósticos. Por tanto, la glucemia plasmática a una hora podría representar una de las herramientas más importantes para anticipar el diagnóstico de la diabetes e iniciar intervenciones preventivas en una fase en la que el daño metabólico es todavía ampliamente modificable.

Niveles normales de glucemia y riesgos para la salud

Las evidencias más recientes sugieren que el concepto mismo de "glucemia normal" merece una reflexión más profunda. Si durante muchos años se consideró que el riesgo metabólico comenzaba solo por encima de umbrales diagnósticos específicos, hoy numerosos estudios indican que el paso de la salud a la enfermedad no ocurre de forma repentina, sino a lo largo de un continuo biológico caracterizado por un incremento gradual del riesgo. Incluso pequeñas diferencias en la glucemia en ayunas, aun permaneciendo dentro del intervalo comúnmente considerado fisiológico, parecen reflejar alteraciones metabólicas ya en curso y asociadas a consecuencias clínicamente relevantes (Nichols et al., 2008) [51]; (Brambilla et al., 2011) [52].

Uno de los estudios más amplios disponibles, realizado en más de 46.000 adultos inicialmente normoglucémicos, ha puesto de manifiesto que cada incremento de apenas 1 mg/dL en la glucemia en ayunas por debajo de los 100 mg/dL se asocia a un aumento del 6% en el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2. Los sujetos con valores comprendidos entre 95 y 99 mg/dL presentaban un riesgo superior en más de dos veces respecto a aquellos con una glucemia inferior a 85 mg/dL, incluso tras ajustar los datos por obesidad, presión arterial, perfil lipídico, tabaquismo y enfermedades cardiovasculares. El riesgo, por tanto, no depende exclusivamente de otros factores metabólicos, sino que resulta asociado de forma independiente a la propia concentración de glucosa en sangre (Nichols et al., 2008) [51]. Resultados análogos se han observado también en una población mediterránea de casi 14.000 individuos, en la cual valores comprendidos entre 91 y 99 mg/dL se asociaban a un riesgo aproximadamente doble de desarrollar diabetes en comparación con los sujetos con glucemias más bajas, lo que confirma que la franja alta de la normoglucemia representa ya un indicador pronóstico relevante (Brambilla et al., 2011) [52].

Otras confirmaciones provienen de la gran cohorte Panasonic, que incluye a más de 37.000 trabajadores japoneses seguidos durante diez años. Los autores observaron que, dentro del intervalo comprendido entre 90 y 99 mg/dL, cada incremento de apenas 1 mg/dL en la glucemia determinaba un aumento del 9% en el riesgo de diabetes. El incremento era progresivo, sin evidencia alguna de un umbral crítico, hasta alcanzar un riesgo superior en más de tres veces en los sujetos con valores de 98-99 mg/dL respecto a aquellos con una glucemia igual o inferior a 89 mg/dL. La misma tendencia se observó también en los participantes con obesidad, lo que sugiere que dicha relación está presente independientemente del exceso de peso (Munekawa et al., 2022) [53].

Estas observaciones se han visto reforzadas por un análisis reciente realizado en más de 220.000 individuos procedentes de China y Japón. Mediante modelos estadísticos no lineales, los autores demostraron una relación en forma de J entre la glucemia en ayunas normal y el riesgo futuro de diabetes. Por encima de puntos de inflexión específicos, es decir, valores umbral a partir de los cuales el riesgo comenzaba a aumentar más rápidamente, identificados alrededor de 81 mg/dL en la población china y 94 mg/dL en la japonesa, se observaba un marcado incremento del riesgo. Tales resultados sugieren que el metabolismo glucídico comienza a deteriorarse mucho antes de superar los umbrales utilizados actualmente para definir la prediabetes, convirtiendo a la glucemia en ayunas en un biomarcador continuo del riesgo más que en un simple parámetro fijo (He et al., 2023) [54].

La importancia de estas observaciones no concierne exclusivamente al riesgo de desarrollar diabetes. El estudio internacional EpiDREAM, que involucró a casi 19.000 hombres y mujeres pertenecientes a 21 países, ha demostrado que el riesgo cardiovascular y la mortalidad aumentan progresivamente a lo largo de todo el continuo glucémico. Al pasar de la normoglucemia a la alteración de la glucemia en ayunas o a la tolerancia disminuida a la glucosa, hasta llegar a la diabetes de nuevo diagnóstico, la incidencia de eventos cardiovasculares y fallecimientos crece constantemente. Aún más significativo es el hecho de que cada incremento de 1 mmol/L (≈ 18 mg/dL) en la glucemia en ayunas se asocie a un aumento del 17% en el riesgo de eventos cardiovasculares o muerte, lo que destaca cómo incluso aumentos modestos de la glucemia pueden tener consecuencias pronósticas relevantes (Anand et al., 2012) [55].

Una conclusión análoga ya había surgido del histórico estudio DECODE, que realizó un seguimiento a casi 30.000 europeos durante aproximadamente once años. Los autores observaron que la relación entre glucemia y mortalidad no se caracteriza por un simple umbral a partir del cual el riesgo aumenta repentinamente, sino por una tendencia predominantemente en forma de J. Para la mortalidad cardiovascular, en particular, la glucemia medida dos horas después de la carga oral de glucosa (OGTT) mostraba un incremento progresivo del riesgo a lo largo de todo el espectro de valores glucémicos, sin un punto de discontinuidad evidente. Además, la glucemia poscarga identificaba a individuos de alto riesgo con mayor eficacia que la glucemia en ayunas por sí sola, lo que sugiere que el daño cardiovascular puede desarrollarse mucho antes de la aparición de la diabetes manifiesta (DECODE Study Group, 2003) [56].

En conjunto, estas evidencias modifican profundamente la forma de interpretar los valores glucémicos. La distinción tradicional entre glucemia "normal" y "patológica" sigue siendo indispensable para formular un diagnóstico, pero no describe adecuadamente la progresión biológica del riesgo. El metabolismo glucídico aparece, de hecho, como un continuo en el que cada incremento de la glucemia refleja, al menos en parte, una pérdida progresiva del equilibrio metabólico. Esto significa que la prevención debería comenzar mucho antes de superar los umbrales diagnósticos de prediabetes o diabetes, identificando precozmente a aquellos sujetos aparentemente normoglucémicos pero con valores en el límite superior del rango, que ya presentan un riesgo significativamente mayor de desarrollar diabetes, enfermedades cardiovasculares y mortalidad prematura. Bajo esta óptica, la glucemia no representa solo un parámetro diagnóstico, sino un indicador dinámico del estado de salud metabólica de todo el organismo.

Conclusiones

En su conjunto, las evidencias científicas analizadas en este capítulo delinean un recorrido fisiológico y metabólico mucho más complejo de lo que podría sugerir la simple medición de la glucemia. El primer paso concierne inevitablemente a la alimentación: tras la ingestión de carbohidratos, la glucosa llega a la circulación determinando la respuesta glucémica posprandial, cuya intensidad no depende solo de la cantidad de carbohidratos ingeridos, sino también de su calidad, de la estructura del alimento, del grado de procesamiento, de la presencia de fibra y de la composición global de la comida. De esta complejidad derivan herramientas como el índice glucémico y, sobre todo, la carga glucémica, que al integrar la calidad y la cantidad de los carbohidratos permite interpretar con mayor eficacia el impacto metabólico de la porción realmente consumida. Incluso la secuencia en la que se introducen los alimentos, su matriz física y el momento del día contribuyen a modular la respuesta glucémica.

Al aumento de la glucemia le sigue la respuesta insulínica, pero también en este caso la relación no es simplemente proporcional a la cantidad de carbohidratos ingeridos. La secreción de las células β pancreáticas integra múltiples señales nutricionales y fisiológicas: la glucosa, los aminoácidos, las grasas, la fibra, las incretinas y las características individuales concurren a determinar su intensidad y duración. Las evidencias sobre el Food Insulin Index confirman, de hecho, que la respuesta insulínica no puede predecirse completamente solo por la composición glucídica. Además, una vez secretada, la insulina atraviesa el hígado antes de alcanzar la circulación sistémica. Por tanto, resulta fundamental el aclaramiento hepático, ya que la insulinemia circulante representa el resultado del equilibrio entre cuánta hormona es secretada por el páncreas y cuánta es eliminada por el hígado. Las investigaciones expuestas muestran cómo una reducción del aclaramiento puede aparecer precozmente en las alteraciones metabólicas, aumentando la exposición periférica a la insulina y contribuyendo, cuando es persistente, a la relación dinámica entre hiperinsulinemia e insulino-resistencia.

La composición de la comida interviene aún más en este equilibrio. Los carbohidratos siguen siendo el principal determinante de la respuesta glucémica y de la demanda insulínica, pero las proteínas, las grasas y la fibra modifican profundamente sus efectos. Las proteínas pueden estimular directamente la secreción insulínica, las grasas ralentizar el vaciado gástrico y la absorción de glucosa, mientras que la matriz integral de los alimentos vegetales puede representar una barrera física a la rápida digestión de los almidones. Es, por tanto, la interacción entre los nutrientes, más que la evaluación aislada de un solo macronutriente, lo que determina la respuesta metabólica global. Bajo esta perspectiva, las estrategias caracterizadas por una reducción de los carbohidratos, una mejor calidad de las fuentes glucídicas y una adecuada integración con proteínas, grasas de buena calidad y alimentos vegetales pueden reducir las excursiones glucémicas y la demanda insulínica.

Esta visión dinámica encuentra una confirmación adicional en el análisis de los indicadores utilizados para evaluar el metabolismo glucídico. La glucemia en ayunas describe predominantemente el equilibrio metabólico basal, mientras que la HbA1c ofrece una medida de la exposición media a la glucosa de los meses anteriores. La glucemia a las dos horas de la prueba de tolerancia oral a la glucosa (OGTT) introduce, por el contrario, una evaluación funcional, mostrando con qué eficacia el organismo logra gestionar una carga glucídica importante a través de la integración entre secreción insulínica, aclaramiento hepático, sensibilidad periférica y captación de glucosa. Aún más precozmente, la glucemia a la hora parece detectar alteraciones de la función de las células β y del aclaramiento hepático cuando los indicadores convencionales pueden resultar todavía aparentemente normales.

El panorama que emerge conduce, por tanto, a un último concepto fundamental: la salud metabólica no puede separarse rígidamente de la enfermedad mediante un único umbral glucémico. Incluso dentro del intervalo considerado normal, valores progresivamente más elevados se asocian, en las investigaciones analizadas, a un aumento del riesgo futuro de diabetes y, en diversos estudios, del riesgo cardiovascular y de la mortalidad. La glucemia debe, por tanto, interpretarse como una variable dinámica insertada en un continuo biológico. Desde la calidad y cantidad de los alimentos hasta la respuesta glucémica, desde la secreción y el aclaramiento de la insulina hasta la sensibilidad de los tejidos, hasta la evolución en el tiempo de los diferentes indicadores glucémicos, cada paso representa un componente del mismo sistema. Comprender esta secuencia significa desplazar la atención del diagnóstico tardío de la disfunción metabólica a la posibilidad de reconocer y modificar precozmente su trayectoria.

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