En el párrafo anterior vimos cómo la enfermedad de Alzheimer ya no puede interpretarse únicamente como una patología caracterizada por la acumulación de beta-amiloide y proteína tau. Entre los procesos que en los últimos años han atraído mayor atención por parte de la investigación se encuentra, de hecho, una pérdida progresiva de la capacidad del cerebro para responder correctamente a la insulina. Hablar de insulinorresistencia cerebral significa describir una condición en la que la insulina está presente, pero las células del sistema nervioso central responden de manera inadecuada a su señal. Es un concepto similar al observado en los tejidos periféricos durante la diabetes tipo 2, pero con una diferencia fundamental: en el cerebro, la insulina no solo desempeña un papel en el metabolismo energético, sino que participa en la regulación de la plasticidad sináptica, el aprendizaje, la memoria, la supervivencia neuronal, la perfusión cerebral y numerosos procesos neuroendocrinos. Por este motivo, una reducción de la respuesta insulínica puede tener consecuencias que van mucho más allá de la simple gestión de la glucosa (Bedse et al., 2015) [8]; (Rhea et al., 2024) [17].
Esta observación ha contribuido a la difusión de la expresión “diabetes tipo 3”, utilizada por algunos investigadores para describir el Alzheimer como una condición caracterizada por una marcada insulinorresistencia del cerebro. La definición es sugerente porque subraya las numerosas similitudes fisiopatológicas entre la diabetes tipo 2 y el Alzheimer: la insulinorresistencia, la neuroinflamación, el estrés oxidativo, la disfunción mitocondrial, los productos finales de la glicación avanzada y las alteraciones del metabolismo energético aparecen, de hecho, en ambas condiciones (Michailidis et al., 2022) [10]. Sin embargo, el término no debe interpretarse como la existencia formal de una nueva categoría de diabetes. Las evidencias obtenidas directamente en el tejido cerebral humano muestran, de hecho, que la insulinorresistencia cerebral posee características propias y puede aparecer incluso en sujetos que no presentan diabetes sistémica (Talbot et al., 2012) [13].
Uno de los pasos decisivos en la comprensión de este fenómeno provino precisamente del estudio del cerebro humano. Al analizar muestras de la formación hipocampal, Talbot y colaboradores demostraron que en los pacientes afectados por Alzheimer, aun en ausencia de diabetes, la respuesta a la estimulación con insulina resultaba significativamente reducida. El deterioro se volvía progresivamente más evidente al pasar de los sujetos cognitivamente normales a aquellos con deterioro cognitivo leve, hasta los pacientes con Alzheimer declarado. El mismo estudio evidenció una resistencia simultánea a la señal del IGF-1 (hormona que favorece el crecimiento y el desarrollo de las células y los tejidos), lo que indica que el déficit involucraba un sistema más amplio de regulación metabólica y trófica. Un dato particularmente importante estaba representado por la relación con el rendimiento cognitivo: cuanto más alterados resultaban los marcadores de la señalización insulínica, peores eran la memoria episódica y la memoria de trabajo (Talbot et al., 2012) [13].
El aspecto quizás más interesante es que esta condición no aparece necesariamente como un fenómeno tardío, producto de un cerebro ya gravemente degenerado. Por el contrario, diversos estudios sugieren que puede aparecer muy precozmente. Mullins y colaboradores observaron alteraciones de mediadores específicos de la señalización insulínica neuronal muchos años antes del inicio clínico del Alzheimer. Las modificaciones resultaban, además, asociadas a patrones particulares de atrofia cerebral, mientras que los indicadores tradicionales de insulinorresistencia periférica no mostraban la misma correspondencia anatómica. Este dato sugiere que medir únicamente la sensibilidad insulínica del organismo no permite necesariamente comprender lo que está ocurriendo en el cerebro (Mullins et al., 2017) [12].
Por lo tanto, es útil imaginar el cerebro y la periferia como dos habitaciones conectadas del mismo edificio. Un problema en la instalación eléctrica puede afectar a ambas, pero no necesariamente con la misma intensidad o en el mismo momento. La presencia de insulinorresistencia periférica puede aumentar la probabilidad de alteraciones cerebrales, pero los dos fenómenos no son perfectamente superponibles. Esta distinción se confirma también mediante los análisis contemporáneos de sangre y líquido cefalorraquídeo efectuados en las fases iniciales de la enfermedad. En los sujetos con deterioro cognitivo leve o Alzheimer inicial se han observado, de hecho, alteraciones metabólicas tanto periféricas como centrales, pero con perfiles diferentes: en el líquido cefalorraquídeo la insulina resultaba reducida, mientras que en la sangre los niveles no mostraban la misma disminución (de la Monte et al., 2019) [11].
Estas observaciones refuerzan la idea de que la disregulación insulínica del Alzheimer no está confinada a un solo órgano, sino que puede insertarse en una alteración metabólica más amplia. Al mismo tiempo, muestran que el sistema nervioso central mantiene su propia autonomía fisiológica. La reducida disponibilidad de insulina en el cerebro puede comprometer la plasticidad neuronal, el mantenimiento de la mielina (revestimiento protector de los nervios que facilita la transmisión de las señales nerviosas) y la supervivencia celular, incluso cuando las concentraciones periféricas de la hormona no parecen particularmente alteradas (de la Monte et al., 2019) [11].
También los modelos experimentales proporcionan un elemento temporal importante. En los ratones transgénicos APP/PS1, predispuestos al desarrollo de una patología similar al Alzheimer, las alteraciones de la tolerancia a la glucosa, una tendencia a la hiperinsulinemia y una disminución de la sensibilidad a la insulina ya estaban presentes a los dos meses de vida, antes de la deposición significativa de beta-amiloide y mucho antes del deterioro cognitivo, que se volvía evidente solo varios meses más tarde (Macklin et al., 2017) [14]. Aunque se trata de un modelo animal y, por tanto, no es posible trasladar automáticamente esta secuencia temporal al ser humano, el dato sugiere que la disregulación metabólica puede preceder a algunas de las manifestaciones neuropatológicas clásicas en lugar de ser simplemente una consecuencia de ellas.
La investigación también ha mostrado que la relación entre insulinorresistencia y Alzheimer parece ser bidireccional. Una señalización insulínica comprometida crea condiciones favorables para la neurodegeneración, mientras que algunos de los procesos patológicos del Alzheimer pueden, a su vez, empeorar la respuesta a la insulina. En particular, los oligómeros de beta-amiloide se han asociado a la desensibilización de los receptores insulínicos y a alteraciones de los mediadores intracelulares de la respuesta insulínica, contribuyendo a instaurar un circuito de retroalimentación (Bedse et al., 2015) [8], (Mullins et al., 2017) [12]. El detalle molecular de esta interacción se abordará en los párrafos siguientes; lo que interesa subrayar en esta fase es que el metabolismo insulínico y la neuropatología del Alzheimer parecen influirse recíprocamente.
Esta visión es coherente con la interpretación del Alzheimer como una enfermedad metabólica compleja. La resistencia a la insulina y al IGF-1 puede contribuir simultáneamente a la reducción de la eficiencia energética neuronal, al estrés oxidativo, a la neuroinflamación y a la pérdida progresiva de las funciones celulares (de la Monte, 2012) [15].
También la investigación de Zheng destaca que, en la enfermedad de Alzheimer, la insulinorresistencia cerebral puede comprometer la vía IRS-1/PI3K/AKT, favoreciendo el declive cognitivo. Las alteraciones de la fosforilación de IRS-1, incluso a través de efectores como mTOR y S6K1, están asociadas a la deposición de β-amiloide y a la hiperfosforilación de la proteína tau. Los fármacos antidiabéticos, como la metformina, las tiazolidinedionas y los análogos del GLP-1, podrían modular estos mecanismos, mejorando la señalización insulínica cerebral y representando potenciales estrategias terapéuticas para ralentizar la progresión del Alzheimer (Zheng y Wang, 2021) [16].
Un indicio adicional a favor de la importancia biológica de este sistema proviene de los estudios que han intentado restablecer directamente la disponibilidad de insulina en el sistema nervioso central. En el modelo experimental de Alzheimer inducido por estreptozotocina, la administración prolongada de insulina intranasal mejoró la memoria espacial, redujo la hiperfosforilación de la proteína tau, atenuó la activación microglial (respuesta de las células inmunitarias del cerebro ante un posible daño o estímulo) y favoreció la neurogénesis hipocampal (Guo et al., 2017) [9]. Estos resultados no demuestran que la insulina intranasal represente una terapia definitiva para el Alzheimer, sobre todo porque derivan de un modelo animal que no reproduce integralmente la enfermedad humana, pero proporcionan una prueba experimental importante: modificar la señal insulínica cerebral puede influir simultáneamente en la cognición, la neuroinflamación y los procesos neurodegenerativos.
En conjunto, las evidencias disponibles indican, por tanto, que la insulinorresistencia cerebral no puede considerarse un simple efecto secundario de la diabetes ni una consecuencia inevitable de la degeneración neuronal avanzada. Puede manifestarse en ausencia de diabetes, aparecer en las fases precoces del deterioro cognitivo, asociarse directamente a la pérdida de las funciones mnémicas e interactuar con las principales alteraciones biológicas del Alzheimer. La pregunta siguiente se vuelve entonces inevitable: ¿de qué modo una respuesta reducida a la insulina puede favorecer concretamente la formación y la acumulación de la beta-amiloide? Es precisamente este el paso que permite entrar en el corazón del circuito metabólico del Alzheimer y que constituirá el punto de partida del próximo párrafo.