Como hemos destacado en los capítulos anteriores, un número creciente de evidencias científicas ha cuestionado progresivamente el paradigma según el cual la hiperinsulinemia representaría exclusivamente una respuesta compensatoria a la insulinorresistencia; del mismo modo, la hiperinsulinemia, como veremos con las siguientes evidencias científicas, puede convertirse también en el motor de la activación y el mantenimiento de la inflamación crónica.
De hecho, en 2021 se publicó una revisión amplia y sistemática que contribuyó de forma decisiva a este cambio de perspectiva. Al analizar datos experimentales y clínicos, se observa cómo, en las fases iniciales de la obesidad y la diabetes tipo 2, la hiperinsulinemia precede a menudo tanto a la hiperglucemia como a la insulinorresistencia manifiesta. En este contexto, el exceso de insulina no actúa como una señal neutra, sino como un potente modulador de la señalización celular, capaz de promover la inflamación crónica, la disfunción metabólica, la aceleración de los procesos de envejecimiento y el aumento del riesgo oncológico (Zhang et al., 2021) [1].
En apoyo a esta visión, los estudios experimentales que aíslan el efecto de la insulina del exceso calórico proporcionan pruebas particularmente sólidas. En un estudio de 2018, se indujo hiperinsulinemia crónica en modelos murinos (animales de laboratorio, sobre todo ratones, utilizados en estudios científicos) mediante infusión continua de insulina, en ausencia de un incremento del aporte energético. En estas condiciones, la hiperinsulinemia demostró ser suficiente para inducir inflamación del tejido adiposo, caracterizada por un aumento de las poblaciones inmunitarias proinflamatorias, por un desequilibrio entre macrófagos M1 y M2 (células del sistema inmunitario) y por una marcada deposición de matriz extracelular. Por el contrario, la reducción parcial de la insulina circulante, incluso en presencia de obesidad, atenuaba la inflamación y mejoraba la sensibilidad insulínica, identificando la hiperinsulinemia como un factor causal directo de la inflamación metabólica (Kumar et al., 2018) [2].
El papel patogénico de la hiperinsulinemia emerge con claridad también fuera de los tejidos metabólicamente clásicos. En 2022 se demostró que la hiperinsulinemia asociada a la resistencia a la insulina promueve la activación proinflamatoria de la microglía, la principal población inmunitaria del sistema nervioso central. En modelos animales y celulares, la exposición crónica a la insulina induce alteraciones del metabolismo energético microglial, disfunciones mitocondriales (estructuras celulares que producen la energía necesaria para la célula) y polarización hacia un fenotipo proinflamatorio. Estos cambios están estrechamente asociados al desarrollo de neuroinflamación y a déficits cognitivos, lo que sugiere una conexión patogénica directa entre la diabetes tipo 2 y las enfermedades neurodegenerativas (Yang et al., 2022) [3].
Una confirmación adicional de este modelo surge de una revisión publicada en 2022, que analiza de forma crítica las interacciones entre hiperinsulinemia, inflamación y disfunción metabólica. En este contexto, los macrófagos se identifican como un nodo central de integración entre señales metabólicas e inmunitarias. Los macrófagos expresan receptores para la insulina y responden directamente a su señalización; sin embargo, la exposición crónica a concentraciones elevadas de insulina compromete la función reguladora fisiológica, favoreciendo la pérdida de las señales antiinflamatorias y el potenciamiento de las respuestas proinflamatorias. Este desequilibrio contribuye a la formación de circuitos viciosos inmunometabólicos que sostienen y amplifican la progresión de las enfermedades metabólicas (Püschel et al., 2022) [4].
En conjunto, estos estudios convergen en un punto fundamental: la hiperinsulinemia crónica emerge como un determinante patogénico activo, capaz de desencadenar y sostener procesos inflamatorios sistémicos y tisulares. La inflamación no aparece, por tanto, como un evento secundario o posterior, sino como una consecuencia coherente de una señalización insulínica aberrante y no fisiológica. Este marco conceptual constituye el presupuesto necesario para analizar, en las secciones siguientes, las 3 fases a través de las cuales el exceso de insulina se traduce en activación inflamatoria.
El primer evento es silencioso pero fundamental: la insulina estimula a la célula para que aumente la producción de ácido araquidónico, un ácido graso poliinsaturado omega-6 presente en las membranas de las células. Esto ocurre a través de la activación de SREBP-1c (proteína que activa genes implicados en la producción de grasas por parte de la célula), que potencia las enzimas necesarias para construir sustratos lipídicos como triglicéridos y colesterol (Matsuzaka et al., 2002) [5]. En otras palabras, la hiperinsulinemia aún no genera inflamación, pero crea las condiciones para que esta sea posible.
Una vez acumulado en las membranas celulares, el ácido araquidónico debe ser liberado para volverse biológicamente activo. Aquí entra en juego un segundo paso decisivo: la insulina activa la cascada MAPK (una cadena de señales que transmite información dentro de la célula), aumenta el calcio intracelular y pone en funcionamiento la cPLA2α, la enzima responsable de la liberación del ácido araquidónico libre (Gijón et al., 2000) [6].
Finalmente, el ácido araquidónico liberado se convierte en prostaglandina E2, uno de los mediadores centrales de la inflamación crónica, por acción de la COX2 (enzima que contribuye a la producción de sustancias implicadas en la inflamación) estimulada por el exceso de insulina, a través de la activación de la cascada MAPK. La PGE2 no permanece como un simple producto terminal: se convierte en una señal activa que enciende el receptor EP4 (receptor celular que recibe la señal de la prostaglandina E2 (PGE2)), reactiva el EGFR (receptor celular que, cuando se activa, estimula señales de crecimiento y supervivencia de la célula) y converge nuevamente en el eje PI3K–AKT–mTOR, cerrando un circuito de amplificación profundo entre inflamación y crecimiento celular (Oshima et al., 2011) [7].
En los siguientes párrafos entraremos de manera más detallada en cada una de las 3 fases descritas anteriormente para facilitar la comprensión de todos los pasos biológicamente conectados.