La esclerosis múltiple puede describirse como una compleja desarmonía del sistema inmunitario, donde las células encargadas de mantener el equilibrio y la tolerancia inmunológica, las células T reguladoras, o Treg, pierden su capacidad de contener la agresividad de las células efectoras. En condiciones fisiológicas, las Treg representan el “freno” de la inmunidad: mantienen la tolerancia hacia los propios tejidos e impiden que el sistema inmunitario se vuelva contra sí mismo. En la esclerosis múltiple, sin embargo, este mecanismo de control aparece profundamente comprometido.
Los estudios realizados en los últimos años han mostrado que en los pacientes afectados por esclerosis múltiple remitente-recurrente, las células T CD4+, que constituyen la población principal de las Treg, resultan reducidas tanto en número como en capacidad de suprimir a las células T efectoras proinflamatorias (Viglietta et al., 2004) [1].
Esta pérdida de “poder regulador” facilita la activación de linfocitos autorreactivos dirigidos contra las proteínas de la mielina (revestimiento protector de los nervios), con la consiguiente inflamación y desmielinización (daño de la vaina protectora de los nervios) del sistema nervioso central. En cierto sentido, es como si el sistema inmunitario hubiera perdido su sentido de la proporción: las células que deberían mediar la paz se vuelven incapaces de contener la guerra interna.
Las alteraciones no se limitan a la cantidad, sino que también involucran la calidad de las Treg. Algunos estudios han demostrado que su función supresora está selectivamente comprometida y que las células efectoras resisten sus señales inhibitorias; este doble defecto, un debilitamiento del control y una resistencia de las células inflamatorias, crea un círculo vicioso que amplifica la respuesta autoinmune. Tal desequilibrio es particularmente evidente en los casos de inicio pediátrico, donde se observa una expansión de los linfocitos T proinflamatorios (Th1 y Th17) y un déficit funcional de las Treg (Mexhitaj et al., 2019) [2].
Paralelamente, investigaciones más recientes han mostrado que la disfunción de las Treg puede derivar de alteraciones específicas de las células derivadas del timo (órgano en el que maduran y se seleccionan los linfocitos T), las llamadas t-Treg. En los pacientes con esclerosis múltiple, estas células muestran un perfil profundamente alterado y una reducida capacidad de suprimir la actividad inmunitaria; tal anomalía parece agravarse con la edad y puede ser modulada por algunas terapias inmunomoduladoras (Lorenzini et al., 2024) [3].
También la relación entre las células T foliculares helper (Tfh) y las células T foliculares reguladoras (Tfr) aparece profundamente perturbada. Normalmente, estas poblaciones mantienen un equilibrio que regula la producción de anticuerpos por parte de las células B. En la esclerosis múltiple, en cambio, un exceso de Tfh respecto a las Tfr se asocia a una producción anormal de inmunoglobulinas en el fluido cerebroespinal (anticuerpos presentes en el líquido que protege el cerebro y la médula espinal), una de las características distintivas de la enfermedad (Puthenparampil et al., 2019) [4]; es como si, dentro de los centros germinales, la orquesta de las células inmunitarias perdiera a su director, lo que conduce a una sinfonía caótica de anticuerpos autorreactivos.
Este escenario complejo no está exento de esperanza. Comprender los mecanismos que subyacen al fallo regulador ya ha abierto el camino a nuevas perspectivas terapéuticas. Algunos estudios han demostrado que fármacos como el sorafenib, desarrollado originalmente para la oncología, pueden inhibir la diferenciación de las células Th1 y Th17, las principales artífices de la respuesta autoinmune, y simultáneamente favorecer la polarización hacia un fenotipo Treg (Wang et al., 2025) [5].
A nivel más general, la disfunción de las Treg representa un paradigma común a las enfermedades autoinmunes, pero en la esclerosis múltiple asume un papel particularmente evidente: el compromiso de estas células, que normalmente operan como árbitros de la inmunidad, explica en parte por qué el sistema nervioso central se convierte en blanco de una agresión prolongada. Los estudios en humanos y en modelos animales convergen en demostrar que la pérdida de equilibrio entre células T efectoras y reguladoras constituye la clave para comprender el origen y la progresión de la enfermedad (Buckner, 2010) [7]; (Kleinewietfeld y Hafler, 2014) [8].
Otro estudio de 2019 destacó que en la esclerosis múltiple las células T reguladoras (Treg) pueden presentar alteraciones cuantitativas y funcionales, contribuyendo a la pérdida del control sobre las respuestas inmunitarias autorreactivas y a la persistencia de la neuroinflamación. Las evidencias analizadas muestran que las Treg pueden suprimir células T efectoras, células B y células presentadoras de antígeno y, en el sistema nervioso central, favorecer también la remielinización. Sobre estas bases, los autores indican la transferencia adoptiva de Treg como una prometedora estrategia inmunoterapéutica para la esclerosis múltiple (Duffy et al., 2019) [6].
En definitiva, la esclerosis múltiple puede verse como el resultado de un error de comunicación en el lenguaje del sistema inmunitario. Las células que deberían hablar el lenguaje de la tolerancia se vuelven mudas o son malinterpretadas, mientras que las de la inflamación toman el control. Devolver la voz a las células reguladoras significa, por tanto, devolver la armonía a un sistema que ha extraviado su propia autorregulación natural.